Ezequiel Obregón
18/07/2009 03:48

Las vidas posibles es una película singular por más de un motivo.  En cuanto a su aspecto más visual, luce como un film europeo, en el sentido de que no hay ningún indicio localista (mucho menos turístico).  Tampoco referencias al contexto social.  Su cadencia, sus encuadres, su banda sonora, se organizan sobre la percepción de Clara (Ana Celentano): la película entera se articula sobre su estado.

Las vidas posibles

(2008)

Clara y su esposo (Germán Palacios) no muestran signos de ser una pareja en disolución, más bien lo contrario.  Pasado el festejo de cumpleaños de él, un tierno encuentro sexual pone en evidencia esta condición de matrimonio de clase media urbana bien consolidado.  Hay una siesta, y luego todo parece invertirse en la vida de Clara.  Porque su marido, que siempre viajaba al Sur por cuestiones laborales, no la llama para dejar constancia de su llegada.  El tiempo pasa –y pesa- y la mujer emprende la búsqueda hacia el Sur.

Allí se encontrará con un hombre idéntico a su marido, que no sólo no la reconoce, sino que además lleva una vida completamente distinta.  La primera imagen del film lo muestra enfrentado a su (otra) mujer, que está recostada, débil, lloriqueando, frágil ante a su marido.  Esta imagen parece estar suspendida en el hilo del relato, pero al mismo tiempo condiciona la mirada del espectador y lo obliga a realizar asociaciones con la llegada de Carla.  El abandono (eje temático de esa escena) cobrará impulso a medida que los personajes evolucionen hacia lo incierto, puesto que no sólo es difícil determinar la identidad del hombre, sino qué es lo que cada integrante del triángulo desea para su propio destino.

En su segundo film, la directora Sandra Gugliotta elige detenerse en los climas, en la necesidad de captar el tiempo interno de los personajes para que el drama cobre dimensión.  La banda sonora acompaña las emociones que se generan en la mente de Carla, y afianzan su punto de vista, sobre el que se detiene el relato.  Esta elección narrativa vuelve más convincente a la historia, dado que la información que recibe Ana es la misma que la que recibe el espectador.

El imponente paisaje es otro protagonista más.  Su peso dramático refuerza el drama íntimo de la mujer.  Gugliotta rescata los gestos, los suspiros, las miradas, para reforzar la angustia de la protagonista.  Su elección no hubiera sido tan precisa de no haber contado con Celentano, actriz que con una mueca deja entrever todo un estado.  Por otro lado, son elogiosos los trabajos de Palacios y Oreiro, prácticamente irreconocible.  Con una notable economía de gestos dota a su composición de absoluta verosimilitud en la piel de “la otra mujer”.

Las vidas posibles es un film ambicioso desde una perspectiva de producción.  Es inevitable no hacer asociaciones con Bajo la arena de Francois Ozon, Bleu y La doble vida de Verónica de Kieslowski.  Podríamos decir que estos films “dialogan” entre sí. 

Gugliotta construye un misterio detenido en lo inasible.  La trama policial es una excusa para bucear en la melancolía femenina, sobre la que Las vidas posibles reflexiona.

8.0

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