Ezequiel Obregón
10/07/2009 17:04

La nueva película de María Victoria Menis (basada en un relato breve de Angélica Gorodischer) reflexiona sobre la belleza, el poder de la mirada, la capacidad de singularizarnos a través de cómo y qué elegimos ver.  Temas nada sencillos sobre los cuales Menis acierta al abordarlos a través de diversos mecanismos perceptivos relacionados con la imagen fílmica.  Su film construye un aparato sensorial que emerge de la relación que Gertrudis (Mirta Bogdasarián, una revelación) establece con su entorno. 

La Cámara Oscura

(2008)


Obligada desde niña por su madre a mirar para abajo para no exponer su ojo desviado, la mujer deberá sobrellevar la carga de ser la fea dentro de la comunidad de inmigrantes judíos a la que pertenece y que –tácitamente- pareciera haber decidido para ella una vida casi invisible.

El film tiene un comienzo implacable, con la llegada de los padres de Gertrudis a estas tierras y su nacimiento a medio camino entre el barco y tierra firme.  Un preciso diseño de arte (que el relato jamás abandonará) reconstruye un escenario lleno de inmigrantes dispuestos a forjar un mejor destino, enfrentándose por primera vez a una de las instituciones paradigmáticas a la burocracia nacional: el registro civil.  Si en esas escenas iniciales La cámara oscura elabora un clima entre testimonial y sórdido, el film avanzará hacia el retrato de la vida campestre que tendrá Gertrudis, contraponiendo la atmósfera naturalista propia del lugar con su mundo interior.
 

Para internarse en ese mundo, Menis apela primero a la objetivación de la mente de Gertrudis/niña a través de un dibujo realizado por el artista Rocambole, que sortea con éxito la labor de hacer un trabajo original a la vez integrado estilísticamente con la totalidad del relato.  El film luego recorre dos tramos de la vida de Gertrudis como adulta, y allí la realizadora singulariza la mirada del personaje a través de las labores manuales que lleva a cabo con placer para su familia (tareas de cocina sobre todo).  Los ritos cotidianos son sobrellevados sin mayores sobresaltos, conviven con algo de interés que -de tanto en tanto- demuestran sus hijos y con el nulo interés de su marido, quien llegó a su vida por conveniencia familiar.  La visita de un fotógrafo francés y surrealista cambiará su percepción del mundo y la del relato también.
 

El tercio final de La cámara oscura entrega imágenes que se irán esbozando en la cautivada mente del fotógrafo, incrustadas en el film de manera paradigmática.  Imágenes surrealistas de un espesor subyugante, cuyos referentes principales son Man Ray y René Clair.  Funcionan como un posible prólogo a la gesta de una relación sobre la que la realizadora no aporta demasiados datos.  La sorpresa llega al final cuando el espectador reconstruye lo no-visto, otra muestra cabal de que la verdadera belleza se esconde tras los ojos.

 

8.0

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