2026-11-07

41 MDPFF - Competencia Argentina

Crítica de "Fuego amigo": Malvinas y el peso de lo que no se puede resolver

El trauma de la guerra no suele anunciarse con discursos ni grandes gestos; convive en el silencio de un hogar, en la inercia de levantarse cada mañana y en el esfuerzo por encajar en un mundo que siguió andando. En Fuego amigo, Alejandro Magnone interpreta a Andrés, un excombatiente de Malvinas que intenta sostener sus días al frente de una empresa familiar. La noticia de la identificación de los restos de Damián, un amigo caído en las islas, interrumpe esa frágil normalidad y abre la posibilidad de viajar a una ceremonia de homenaje. A partir de ese momento, un viejo remordimiento vuelve a rozar sus relaciones y sus gestos cotidianos, demostrando que encontrar un cuerpo en la tierra no alcanza para sanar las grietas que quedan en la memoria de quien sobrevivió.

Lo más valioso del relato aparece cuando la película baja la voz y se queda a vivir en el taller mecánico. Entre el olor a aceite, las herramientas gastadas y la urgencia de reparar un motor, Andrés no necesita ponerse el traje de víctima ni dar explicaciones: es un hombre sosteniéndose a través de un oficio y compartiendo el espacio con otros. Ahí la supervivencia se siente real, casi física. Sin embargo, la historia abandona con frecuencia esa intimidad para buscar la palabra hablada, confiando a diálogos extensos y explicativos la tarea de contar lo que la escena ya transmitía con absoluta claridad. Al intentar darle voz a todo el mundo, la narración pierde la fuerza de lo silente y se vuelve algo reiterativa.

Esa misma duda entre dejar fluir la emoción o explicarla se traslada a la cámara. En los momentos de encuentro, los personajes se sientan en círculo buscando un refugio de escucha, pero la puesta en escena no siempre consigue que entre ellos circule una verdadera corriente de afecto o tensión. La mirada salta de planos abiertos donde las presencias se diluyen a primeros planos tan cerrados que aíslan los rostros, perdiendo de vista lo que pasa entre las personas cuando alguien rompe el silencio. Falta un registro más atento a los miradas, a los gestos mínimos y a las pausas que ocurren en quien escucha una confesión dolorosa.

Fuego amigo  tiene el mérito indiscutible de alojar las marcas de Malvinas en la rutina real de un trabajador, lejos del bronce y del victimismo. Su mayor tropiezo es no haber confiado del todo en la potencia de sus propios espacios y en la elocuencia de sus silencios. Había una película hermosa y dolorosa en el contraste entre las manos de ese hombre que saben reparar cualquier máquina y el abismo de no saber cómo arreglar su propia vida. Al final, las herramientas del taller dicen mucho más sobre su dolor que las palabras que intenta pronunciar.

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