Salas
Crítica de “La caída de la ballena”: Austin Abrams tragado por una película absurda
Por ridícula que parezca la premisa de La caída de la ballena (Whalefall, 2026), adaptación de la novela homónima de Daniel Kraus, quien también participa del guion junto al director Brian Duffield, la película sorprende —y no necesariamente para bien— por lo insólito de su propuesta.
La cosa es más o menos así: Jay Gardiner (Austin Abrams), un joven buzo que todavía no logra procesar la muerte de su padre, Mitt (Josh Brolin), decide sumergirse en la costa de California para recuperar sus restos. El hombre, un experimentado buceador, se había suicidado en el mar después de padecer una enfermedad terminal. Pero la mala suerte persigue al muchacho: un enorme cachalote se lo traga de un bocado y ahora tiene apenas una hora para escapar del vientre del animal antes de quedarse sin oxígeno.
La película se convierte entonces en una claustrofóbica aventura por el interior del cetáceo, donde el protagonista debe enfrentarse a los jugos gástricos y a otras criaturas recién deglutidas. Un tour de force asqueroso y visceral, cargado de tensión gelatinosa y corporal. Si el intestino humano tiene varios metros de longitud, el de una ballena ofrece posibilidades mucho más amplias, aunque ni siquiera tanta anatomía parece suficiente para sostener noventa minutos de película. Los flashbacks sobre las enseñanzas paternas de buceo interrumpen la lucha por la supervivencia y recuerdan las habilidades que podrían resultar decisivas para escapar. De paso, intentan construir un drama sobre el duelo, la culpa y una relación entre padre e hijo que el relato insiste en presentar como el verdadero corazón de la historia.
La caída de la ballena es un body horror inusual, de esos que remiten al cine de Ed Wood, con un avejentado Bela Lugosi enfrentándose a tentáculos de utilería. Cuesta creer lo que se está viendo, no tanto por lo impresionante o desagradable de las imágenes como por el disparate de la premisa. Tal vez el humor hubiera permitido digerir semejante ocurrencia, pero el énfasis en el drama termina por profundizar el naufragio. La película quiere que el espectador se conmueva con la reconciliación póstuma entre padre e hijo mientras el protagonista chapotea entre vísceras y secreciones. El contraste podría resultar delirante, pero la solemnidad con la que se aborda la historia le quita buena parte de su potencial absurdo.
Pretenciosa, La caída de la ballena confunde una idea extravagante con una película capaz de desarrollarla. El interior del animal, recreado mediante estructuras físicas y efectos visuales, busca generar una experiencia inmersiva, pero la artificialidad de algunos recursos conspira contra el impacto. Mientras tanto, el exterior del cetáceo evidencia las limitaciones de sus imágenes digitales. Una estupidez grande como una ballena.