2026-10-09

Malba

Crítica de "Annemarie": el documental de Mariana Sanguinetti que explora la vida, el archivo y la obra de la icónica fotógrafa argentina.

Hay rostros que creemos conocer de memoria porque una fotografía se encargó de fijarlos para siempre. Sin embargo, una imagen —por más perfecta que sea— apenas atrapa un segundo y deja toda una vida afuera. Sobre esa distancia, a veces sutil y a veces abismal, trabaja Annemarie (2026), el documental en el que Mariana Sanguinetti se embarca en un viaje personal y cinematográfico para encontrar a la mujer que late detrás de los retratos de su bisabuela, la mítica Annemarie Heinrich.

Como el trato cotidiano fue escaso, el punto de partida de la directora está hecho de los vestigios que el tiempo no pudo borrar: cajas de negativos, documentos dispersos, viejas fotografías y los relatos fragmentados de la familia. El parentesco abre las puertas de ese tesoro privado, pero no disuelve sus misterios. La película encuentra su motor exacto en esa fricción: la tensión constante entre el archivo material que Heinrich dejó y las preguntas que sus descendientes todavía intentan responder sobre ella.

Para entender el pulso de su obra hay que remontarse a los inicios, cruzar el Atlántico y volver a Darmstadt, Alemania, donde nació en 1912 antes de llegar a la Argentina en 1926. Su formación no ocurrió en salones académicos, sino a pulso, aprendiendo los secretos de la química y la paciencia junto a su tío Karel Weber en la tranquilidad de Larroque, Entre Ríos, antes de levantar su propio estudio en Villa Ballester en 1929. 

Ese recorrido creció al ritmo de una industria cultural en ebullición —el cine, el teatro, la radio y revistas masivas— que necesitaba rostros capaces de despertar fascinación. Heinrich no se limitaba a registrar pasivamente el esplendor ajeno; su cámara formaba parte de ese engranaje que construía la fama. Las célebres fotografías de Eva Duarte son un claro ejemplo de esa alquimia: la actriz y la dirigente política surgen de una misma persona, pero la luz, el encuadre y el momento de la exposición las transforman en universos visuales distintos.

El corazón material de la película late con fuerza en el histórico estudio de la avenida Callao. Allí, la vida doméstica y la rutina profesional convivieron bajo un mismo techo, un espacio que sus hijos, Alicia y Ricardo Sanguinetti, heredaron y continuaron cuidando con devoción. Las lámparas de época, los negativos custodiados con recelo y los viejos instrumentos de laboratorio revelan que detrás de cada imagen hubo un esfuerzo físico y material que hoy depende enteramente del trabajo de otros para no desvanecerse en el tiempo.

Al filmar ese legado, Sanguinetti asume también el desafío ético de retratar a su propia familia. Los documentos y los testimonios no siempre cantan al unísono, y el relato cinematográfico se va armando justo en medio de esas diferencias. Al final, Annemarie encuentra su mayor acierto en ese cruce honesto entre la fuerza del retrato y el peso de la herencia: las imágenes nos permiten rozar la figura de Heinrich, pero son sus silencios los que mantienen la búsqueda siempre abierta.

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