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Crítica de “Franquicieros”: el mundo real de las franquicias en clave de comedia
Daniel Arce trabaja ayudando a otros a dar el próximo paso. Escucha proyectos, acompaña la expansión de marcas y busca convertir negocios en modelos que puedan replicarse. Pero cuando se trata de sus hijos o de las diferencias con sus socios, decidir le cuesta. Franquicieros (2026) construye su historia alrededor de ese hombre que tiene consejos para sus clientes y asuntos pendientes en casa.
La comedia dirigida por Pedro Levati y Rocío Blanco transcurre en Franquicias que Crecen, una consultora real donde las urgencias se acumulan. Llegan emprendedores que necesitan sacar adelante sus proyectos y trabajan asesores que tampoco tienen todo bajo control. Daniel se mueve en ese entorno siguiendo sus intuiciones, incluso cuando las consecuencias alcanzan a quienes lo acompañan.
Su tarea exige establecer procedimientos, calcular riesgos y acordar responsabilidades. En casa, esas herramientas no bastan: estar presente no puede delegarse ni una conversación resolverse como un trámite. El conflicto nace de esa dificultad para advertir que la experiencia profesional tiene límites.
La oficina acerca este mundo al espectador que nunca pensó en comprar una franquicia. Trabajar con otros obliga a negociar tareas, tiempos y expectativas, y el crecimiento de una empresa no significa lo mismo para todos. Quien busca abrir una sucursal puede convivir con alguien que necesita reducir su carga laboral. Esas diferencias alimentan la comedia y ponen en discusión qué entiende cada uno por avanzar.
Nazareno Casero, Lola Berthet, Jerónimo Freixas, Alberto Ajaka y Anahí Martella integran el elenco junto con Almudena González, Brenda Kreizerman, Federico Ottone, Graciana Urbani, Juan Francisco Isola, Gonzalo Suárez y Fabián Arenillas. A ellos se suman Daniel Arce y Janet Vargas, ejecutivos reales de la compañía que participan también frente a cámara.
Esa presencia define el cruce entre ficción y realidad: la empresa presta su nombre al relato y sus integrantes comparten escena con los actores. Contar este ámbito desde adentro permite poner el foco en quienes suelen ofrecer respuestas. También introduce una tensión entre mostrar sus contradicciones y cuidar la imagen de la compañía real que representan.
Ahí se juega el alcance de Franquicieros. La cercanía con el negocio aporta un escenario, pero la comedia necesita dejar que sus protagonistas pierdan el control, se equivoquen y paguen el costo de sus decisiones. Su apuesta tiene sentido cuando expone lo que el discurso empresarial deja afuera: el crecimiento también puede desgastar vínculos, consumir tiempo y convertirse en una excusa para no afrontar otras responsabilidades. Daniel puede enseñar a expandir una marca; eso no lo exime de responder por la vida que lleva.
Franquicieros encuentra su eje en las fricciones de la oficina y en la distancia entre el discurso del crecimiento y los problemas de quienes lo sostienen. El cruce entre actores y ejecutivos de la consultora real le da una perspectiva desde adentro, aunque también condiciona su mirada: la empresa que inspira el relato es la misma que se expone en pantalla. Esa tensión define la propuesta y su límite. La comedia gana espacio cuando muestra contradicciones; lo pierde cuando se acerca a una presentación de la compañía.