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Crítica de "El problema final", miniserie con José Coronado basada en la novela de Pérez-Reverte
En El problema final (2026), José Coronado interpreta a Benjamin Basil, un actor retirado que se hizo famoso por encarnar a Sherlock Holmes. La miniserie de cuatro episodios, basada en la novela de Arturo Pérez-Reverte, lo coloca ante un crimen para el que nadie escribió un guion: una turista aparece muerta en el hotel de una isla próxima a Mallorca. Los demás huéspedes creen que Basil sabrá descubrir lo sucedido. Después de todo, lo vieron hacerlo durante años, aunque siempre frente a una cámara.
La historia transcurre en la primavera de 1959. Basil viaja con su amigo Fonseca, un productor cinematográfico interpretado por Gonzalo de Castro, y con la joven pareja de este, a cargo de Cristina Kovani. Un temporal los obliga a pasar la noche en el hotel y deja incomunicados a todos los presentes. Allí encuentran el cuerpo en un cobertizo cerrado por dentro. La muerte parece un suicidio, pero las pruebas comienzan a cuestionar esa explicación. Sin posibilidad de pedir ayuda a la policía, Basil acepta investigar.
Entonces ocurre algo que cambia el sentido de la investigación: después de esa primera muerte, los asesinatos empiezan a sucederse. Ya no se trata solo de reconstruir lo que pasó en el cobertizo, sino de identificar al responsable antes de que vuelva a matar. El aislamiento hace que los huéspedes se observen con una atención que antes no necesitaban. Cada conversación puede aportar una pista, revelar un vínculo o encubrirlo. Entre ellos está Francisco Foxá, un joven escritor de novelas policiales interpretado por Martiño Rivas, que admira a Basil y se suma a sus pesquisas. María Valverde da vida a Adela Figueroa, amiga de la primera víctima, mientras Maribel Verdú encarna a Mrs. Raquel Ausländer, responsable del hotel.
La novela, publicada en 2023, parte de una fórmula asociada a Arthur Conan Doyle y Agatha Christie: un grupo aislado, un crimen difícil de explicar y un culpable que debe estar entre los presentes. La adaptación comparte con la saga Knives Out el placer de poner al espectador a examinar gestos y versiones, y de obligarlo a revisar sus conclusiones cada vez que aparece una pista. Pero aquí el propio investigador forma parte del engaño posible. Basil sabe interpretar la seguridad de Holmes; todavía tiene que averiguar si posee su capacidad para llegar a la verdad.
La ambientación de 1959 le da cuerpo a ese juego policial. El hotel, el vestuario y las referencias al cine clásico sitúan a los personajes en un mundo donde las apariencias importan tanto como las pistas. Félix Viscarret dirige con una elegancia imperturbable: deja que la investigación avance mientras las certezas de Basil —y las del espectador— empiezan a perder firmeza.
El problema final encuentra su ritmo cuando los asesinatos empiezan a sucederse y cada nueva pista obliga a revisar la anterior. La serie deja espacio para que el espectador juegue a resolver el enigma, pero nunca le permite instalarse del todo en una respuesta. Así consigue que una fórmula conocida mantenga el interés hasta el final.