Gaumont
Crítica de “Éramos tan flacos”: volver a los 90 para recuperar una memoria militante
Éramos tan flacos (2026) se inscribe dentro del documental en primera persona, donde una experiencia particular funciona como punto de partida para construir una mirada social más amplia: el movimiento universitario que supo enfrentar a las políticas neoliberales.
Durante la pandemia, Carlos Castro vuelve a unas cintas VHS que había grabado casi treinta años antes y descubre restos de una época. La ciudad de La Plata de mediados de los 90, los estudiantes universitarios, las protestas contra la Ley de Educación Superior y las distintas tribus políticas que orbitan alrededor de la universidad aparecen registrados por una cámara que, en aquel momento, todavía no sabía que estaba construyendo un archivo. El paso del tiempo convierte esas imágenes privadas en un documento histórico, pero Castro evita que funcionen como una simple reconstrucción nostálgica de los grises años menemistas. Lo que busca es recuperar las preguntas que aquellas experiencias dejaron abiertas.
La película adquiere así una dimensión casi arqueológica: El deterioro de la imagen, su textura doméstica y su aspecto precario recuerdan constantemente que estamos frente a un registro producido desde otro tiempo. Esa condición impide que los 90 aparezcan como una reconstrucción prolija y cerrada: son fragmentos, rostros, marchas, discusiones y situaciones cotidianas que sobreviven en una imagen imperfecta. El formato evidencia la distancia entre aquel momento y el presente. El archivo personal se transforma entonces en memoria colectiva.
El conflicto estudiantil permite recuperar un momento en el que la militancia formaba parte de la vida cotidiana y la universidad funcionaba como espacio de discusión, organización y confrontación. La película dialoga con el resurgimiento del cine militante argentino durante los años 90, cuando el agravamiento de los conflictos sociales coincidió con una creciente valoración del documental y la aparición de colectivos de cine social y político. Sin embargo, Castro se distancia del registro militante clásico: la experiencia aparece atravesada por el paso del tiempo y por la conciencia de que quien filma hoy ya no es aquel joven que sostenía la cámara.
La memoria se convierte entonces en una forma de reflexionar sobre la posición política en este presente oscuro, en diálogo con un pasado que alguna vez se proyectó como utópico. El ejercicio obliga también a preguntarse qué expectativas quedaron truncas, qué transformaciones se produjeron y qué lugar ocupa hoy aquella experiencia de participación. La película no busca demostrar que todo tiempo pasado fue mejor, sino observar qué permanece de una época de resistencia social cuando, décadas después, los acontecimientos parecen volver a repetirse.