Salas de México
Crítica de “El club del pie izquierdo”: bailar para romper una rutina que el guion no logra esquivar
El estreno mexicano El club del pie izquierdo (2026) no busca inventar la pólvora. Es una comedia sobre un hombre que descubre el baile y, con él, una forma de escapar de una vida convertida en un bucle. La premisa remite a Shall We Dance?, la película japonesa de Masayuki Suo que después tuvo una versión estadounidense con Richard Gere y Jennifer Lopez. Aquí, la historia se traslada al México godín, entre el tráfico de Ciudad de México, oficinas grises y una familia cuyos integrantes han dejado de mirarse a los ojos.
La cinta sigue a Juan Pablo, un vendedor de seguros que lleva una década atrapado en la misma rutina: el mismo escritorio, los mismos compañeros, las mismas conversaciones y una cena conyugal en la que ya nadie tiene nada que decir. Un día cambia de ruta y descubre una academia de baile. Se inscribe a escondidas, con la torpeza de quien nunca ha pisado una pista, y allí conoce a Paulina, la instructora. Ella también arrastra sus propias heridas y encuentra en la enseñanza una forma de volver a confiar en los demás.
Alrededor de ambos se reúne un grupo de alumnos atravesado por distintas derrotas: la monotonía, la culpa, la ansiedad social y el miedo a mostrarse como uno es. La academia se convierte así en un refugio donde esos desconocidos aprenden a sostenerse. La posibilidad de encontrar una tribu, un espacio donde los conflictos individuales puedan transformarse en una experiencia colectiva, constituye el motor emocional de la película, incluso por encima del torneo de baile hacia el que avanza el relato.
Celso R. García, director de La delgada línea amarilla y La gran seducción, se mueve esta vez en el terreno de la comedia familiar, con situaciones reconocibles y un mensaje sobre las segundas oportunidades. La narración progresa desde el desgaste de la rutina hacia las secuencias musicales, que modifican el ritmo y permiten que los personajes encuentren otra forma de relacionarse.
Adrián Uribe construye a Juan Pablo desde su registro habitual: el hombre común que convierte sus propias limitaciones en fuente de humor. Buena parte de los chistes descansa en su falta de coordinación y en el contraste entre su vida cotidiana y el mundo del baile.
María León ocupa el centro de las secuencias coreográficas. Su experiencia sobre el escenario aporta credibilidad al personaje de Paulina, aunque el guion no desarrolla todo lo que su conflicto propone. Mónica Huarte interviene en varios de los momentos cómicos, pero su personaje responde a un registro de exageración que por momentos rompe el tono del conjunto. Miguel Burra, Panuco, Mauricio Isaac y Yuriria del Valle completan un reparto que sostiene la dinámica grupal, aunque varios personajes quedan limitados a un par de remates.
El guion, escrito por Adriana Pelusi y Fernando Rasé, adopta una estructura previsible y no intenta ocultarlo. El problema no está en seguir una fórmula, sino en la manera en que algunas situaciones se resuelven por conveniencia. Ciertas decisiones carecen de desarrollo y varias subtramas se interrumpen como si durante el montaje se hubieran eliminado escenas necesarias para explicar algunos giros.
Los estereotipos también condicionan el relato: el joven introvertido que quiere aprender a bailar para conquistar a una mujer, el amigo gay utilizado como recurso cómico y la esposa que sospecha una infidelidad cuando su marido comienza a llegar distinto a casa. La película plantea la necesidad de superar prejuicios, pero se apoya en varios de ellos para construir sus conflictos y provocar la risa.
Aun así, El club del pie izquierdo entiende el tipo de experiencia que propone. Se presenta como una comedia comercial destinada a conectar con un público amplio y, dentro de ese marco, encuentra momentos de funcionamiento. La interacción entre los actores sostiene el componente humano, mientras que la música impulsa las escenas de baile y acompaña el tránsito de los personajes desde el aislamiento hacia la pertenencia.
En el apartado técnico se destaca el tratamiento del sonido. Incluso cuando la música ocupa el primer plano, los diálogos mantienen claridad y las canciones no terminan por cubrir las interpretaciones. Es un aspecto que contribuye al ritmo de las secuencias grupales y permite que el humor verbal conviva con las coreografías.
La película pierde equilibrio en su resolución. Cuando llegan el torneo y las coreografías finales, la edición fragmenta los movimientos y las tomas no siempre permiten apreciar el trabajo de quienes bailan. El clímax pierde impacto justo cuando debería concentrar la energía acumulada, lo que debilita parte del recorrido construido durante los primeros dos tercios.
El club del pie izquierdo cuenta una historia conocida desde una perspectiva adaptada a la vida urbana mexicana. El reparto transmite el placer de compartir la pista y la película encuentra sentido cuando observa el baile como una forma de recuperar vínculos. Sin embargo, el guion repite fórmulas, deja conflictos sin desarrollar y conduce la historia hacia un cierre que no capitaliza su impulso.
No es una película que transforme el género, pero sí una comedia que puede acompañar una salida de fin de semana y dejar una pregunta reconocible: cuánto tiempo puede una persona repetir los mismos pasos antes de animarse a cambiar el ritmo.