Mostra de Venecia 2026 - Fuera de concurso
Crítica de "La deriva / Dust": Tsai Ming-liang y el paso del tiempo en la geografía vasca
En La deriva (Dust / Weichen, 2026), última estación de la saga "El caminante" (Walker), Lee Kang-sheng desembarca en el paisaje vasco. Tras recorrer metrópolis como Hong Kong, Marsella o Washington D.C., la figura del monje irrumpe para contraponer su lentitud pasmódica a la velocidad frenética del mundo moderno.
Desde su primer fotograma, la obra fija su marco conceptual citando el Sutra del Diamante: “El Tathagata no viene de ninguna parte ni va a ninguna parte”. El monje no busca un destino, sino que atraviesa el territorio como un testimonio vivo que registra el presente tal cual se presenta. Frente a esa marcha absorta, la película articula un contrapeso terrenal a través de la memoria del mundo rural vasco, encarnada en el anciano que habita el caserío con sus ritos cotidianos, entre perros, gallinas y la preparación de su comida. Meritorio resulta el homenaje visual al plano umbral de Más corazón que odio (The Searchers, 1956) de John Ford: la cámara filma desde la penumbra del caserío la inmensidad verde del exterior, donde el monje es apenas un minúsculo punto rojo en el horizonte.
En este discurrir de fotogramas fijos, Tsai compone una alegoría del paisaje natural, sin artificios superfluos ni trucos de montaje, en un guiño de complicidad con la tradición escultórica en piedra e hierro de Jorge Oteiza, Eduardo Chillida o Néstor Basterretxea y su respeto a la materia y el entorno. Esta sintonía alcanza su punto culminante en el Peine del Viento de San Sebastián: entre las estructuras de hierro incrustadas en la roca y el furor de las olas del Cantábrico, Lee Kang-sheng avanza impertérrito, erigiéndose en una escultura viva que sintetiza la fuerza de la naturaleza, la resistencia de la materia y la absoluta inmutabilidad del caminante.
Cuando Tsai aborda el ámbito urbano y social, la lentitud del monje actúa como un catalizador que nos muestra la aceleración neurotizante e hiperconexa de la vida moderna. Al atravesar plazas, bares y espacios públicos con su presencia y andar anómalo, el monje de Tsai nos interroga sobre nuestro ritmo diario y expone el absurdo de una prisa colectiva metabolizada hasta las entrañas.
El monje avanza a paso lento en contraste con la agitación urbana de la ciudad. / Foto: Gentileza Nueve Cartas.
Sin diálogos, el diseño sonoro del film contrapone el ruido de la ciudad con el viento agitando la maleza, ladridos distantes y el tañido de las campanas frente a la presencia sigilosa del monje. El clímax poético llega con la imagen fija de una mujer que fuma en silencio, absorta en sus pensamientos: una secuencia que dura lo que tarda en consumirse el cigarrillo, mientras la voz desgarrada de Chavela Vargas cantando “No volveré” resuena como la despedida de un amor frustrado.
La cámara, proyectada por el eco de la canción, se adentra en un túnel en penumbra. Allí, el joven Anong Houngheuangsy avanza guiado por la luz de una linterna hacia la claridad del fondo, donde aguarda el monje. ¿Está Tsai sugiriendo su relevo? ¿Entrega Lee Kang-sheng el testigo a Anong Houngheuangsy para sostener esa marcha sin origen ni destino en otro tiempo y en otro lugar?