2026-09-08

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Crítica de "Salón de belleza": Nathalia Acevedo y la dignidad de los cuerpos olvidados

a actriz mexicana Nathalia Acevedo debuta como directora con Salón de belleza (2026), primera adaptación cinematográfica de la novela homónima de Mario Bellatin. Protagonizada por Sam Louwyck y Erwan Kepoa Falé, la película se interna en un territorio donde la rutina convive con la enfermedad y la proximidad de la muerte. Acevedo no traslada el libro de manera literal, sino que construye un relato sostenido por la luz, los sonidos, los cuerpos y la duración de los gestos. Su mirada se concentra en quienes han sido apartados de la vida social y en las formas de cuidado que todavía pueden surgir dentro de ese abandono.

En una ciudad sin nombre, un antiguo salón de belleza se transforma en refugio para personas enfermas y marginadas. Allí vive el Individuo, una presencia solitaria que administra el lugar y acompaña a quienes llegan para pasar sus últimos días. Limpia las habitaciones, acomoda las camas, alimenta a los peces y atiende cuerpos que ya no encuentran protección en el exterior. Mientras los huéspedes aparecen y desaparecen, los recuerdos del protagonista se mezclan con el presente y alteran la continuidad del relato. El salón se convierte así en hospital, hogar y antesala de la muerte: un sitio donde nadie puede ser salvado, pero todavía puede ser acompañado.

Esa transformación del salón guía todas las decisiones visuales de la película. Los interiores permanecen en penumbra y las lámparas, pantallas y tubos fluorescentes apenas revelan fragmentos de las habitaciones, como si el espacio también estuviera perdiendo consistencia. La cámara se acerca a los rostros apoyados sobre almohadas, las manos que recorren una espalda, las pieles marcadas y las tareas que sostienen la rutina. Al mostrar los cuerpos a través de respiraciones, movimientos y zonas de contacto, Acevedo evita convertir la enfermedad en espectáculo. La proximidad no busca exhibir el deterioro, sino registrar la intimidad que se construye entre quienes cuidan y quienes dependen de ese cuidado.

Dentro de ese espacio, los acuarios y los espejos conservan las huellas de lo que el salón fue alguna vez y, al mismo tiempo, adquieren otro sentido. Los peces se desplazan dentro de recipientes cerrados mientras los huéspedes permanecen inmóviles y atraviesan cambios irreversibles. Su movimiento introduce una forma de vida que continúa pese al encierro. Los espejos, antes asociados con la corrección de la apariencia, ahora devuelven cuerpos expuestos al paso del tiempo. La belleza deja entonces de depender de una imagen física y pasa a manifestarse en acciones concretas: limpiar una herida, acercar un alimento o permanecer junto a alguien cuando la recuperación ya no resulta posible.

Salón de belleza encuentra su fuerza en esa inversión: un lugar creado para modificar apariencias termina dedicado a preservar la dignidad de cuerpos que el exterior decidió ocultar. La repetición de las tareas, los silencios y la disolución del tiempo pueden producir distancia, pero también obligan a habitar una espera sin consuelo ni promesas. Acevedo no idealiza el cuidado ni utiliza la muerte como una conclusión destinada a conmover. Filma aquello que permanece cuando la sociedad se retira: un cuerpo frente a otro, una presencia que no cura ni salva, pero se niega a abandonar. La película no pregunta cómo enfrentar la muerte, sino quién está dispuesto a acompañar una vida cuando ya no ofrece nada a cambio.

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