2026-07-23

Cómo el cine filmado con un celular bajó la barrera de entrada para nuevos directores

Una sola pantalla para crear y para mirar

Todo pasa hoy por el mismo aparato. En el teléfono filmamos, aunque antes que nada consumimos: series, música, videojuegos, y en esa misma pantalla los casinos con bono de bienvenida compiten por nuestra atención, a un toque de distancia. El celular ganó la pelea por el ocio, y por eso sobresalir ahí cuesta tanto como filmar cuesta poco.

Los números lo confirman. En México, la ENDUTIH 2024 del INEGI registró que el 81,7 % de las personas de seis años o más usó teléfono celular ese año, y que casi todas lo hicieron con un smartphone. Nunca hubo tantas cámaras dando vueltas: hay una en casi cada bolsillo. Cuando un dispositivo llega a esa altura deja de ser una herramienta de nicho y se vuelve el punto de partida de casi todo, filmar incluido.

Del presupuesto mínimo a la decisión estética

Las películas que se citan como prueba dicen menos de lo que parece. En 2015, Sean Baker estrenó Tangerine en Sundance: la rodó con tres iPhone 5s, un adaptador anamórfico de Moondog Labs y la app FiLMiC Pro, por unos 100.000 dólares. Con lo que ahorró en cámaras pagó actores y locaciones. La historia, sobre dos trabajadoras sexuales trans en Los Ángeles, se movía por la calle sin llamar la atención, porque nadie mira dos veces a alguien con un teléfono en la mano.

El aparato y su lente terminaron en la colección del Museo de la Academia, y diez años más tarde Baker ganó cuatro premios Óscar con Anora. El detalle incómodo es que el celular no lo hizo director. Ya lo era; solo encontró cómo trabajar con lo que tenía.

Steven Soderbergh hizo algo parecido, pero por gusto: filmó Unsane (2018) y High Flying Bird (2019) con iPhone porque le daban movilidad y otra manera de pararse frente a la escena. Danny Boyle empujó la idea hasta el presupuesto grande. 28 años después es un estreno caro rodado en buena parte con iPhone 15 Pro Max, a veces con soportes de hasta veinte teléfonos a la vez para armar planos imposibles con una sola toma. El celular dejó de ser el recurso del que no tiene plata. Hoy lo eligen también los que la tienen de sobra.

Para el que arranca, el cambio sí es concreto. Un rodaje ya no pide permisos imposibles ni un camión de equipos: entra en una mochila. Editar, que antes exigía una sala y plata, hoy se hace en el mismo teléfono en el que se filmó. Lo demuestran óperas primas hechas con casi nada, como una comedia de detectives argentina que se filmó en apenas seis días. El talento, eso sí, sigue sin venir incluido con el aparato. Empezar hoy está al alcance de casi cualquiera. Llegar es otra historia.

La región también filma con el celular

En América Latina esto ya tiene pasado. En 2005, en la Argentina, circuló un experimento filmado entero con teléfonos Nokia; era más una curiosidad que una película, pero adivinó algo temprano: la cámara del bolsillo servía para contar. Dos décadas más tarde, aquel gesto de aficionado se transformó en una industria entera de aspirantes.

El caso más vivo es Smartfilms, el festival colombiano de cine hecho con celulares, que en febrero de 2026 abrió su duodécima edición. La convocatoria anterior juntó más de 20.000 participantes y unos 3.000 cortometrajes, con premios que superan los 100 millones de pesos colombianos. Esa cifra es la buena y la mala noticia a la vez. Tres mil cortos son tres mil personas que pudieron intentarlo; son, también, tres mil peleando por el puñado de miradas que un festival puede repartir.

Ese es el movimiento de fondo. Cayó la barrera del equipo; la del talento sigue en pie, y encima se sumó una tercera, la más silenciosa: la de que a uno lo vean. El teléfono volvió cineastas posibles a casi todos y, en el mismo gesto, volvió rarísimo que a alguien lo miren. La próxima ópera prima que sacuda a un festival tal vez se esté grabando ahora mismo en una vereda, con un celular en la mano. Subirla va a ser gratis. Que alguien la encuentre, no.

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