2026-07-17

Netflix

Crítica de "Hasta el final": la desesperación convertida en espectáculo

Hasta el final (Jusqu'au bout, 2026), dirigida por Nawell Madani y Ludovic Colbeau-Justin, parte de un conflicto que no necesita demasiados artificios para resultar conmovedor. Jada (Nawell Madani) ha atravesado un largo recorrido para convertirse en madre y, cuando finalmente logra formar una familia, recibe la noticia de que su hijo padece leucemia y necesita un trasplante de médula. Sin embargo, la película parece desconfiar de la potencia dramática de esa situación y opta por reforzarla de manera constante, como si temiera que el espectador pudiera perder de vista la gravedad de lo que está ocurriendo.

Desde sus primeras escenas, el relato acumula obstáculos, desgracias y recordatorios del sufrimiento de la protagonista. Cada conversación, cada visita al hospital y cada nuevo revés funcionan en la misma dirección. La puesta en escena acompaña esa lógica mediante una fotografía pulcra, encuadres cerrados sobre los rostros y una banda sonora que señala con insistencia los momentos de mayor carga emocional. Allí donde podría permitirse respirar y observar a sus personajes, la película prefiere remarcar aquello que ya ha quedado expuesto.

Esa búsqueda permanente de intensidad termina afectando la construcción dramática. Los personajes que rodean a Jada apenas adquieren vida propia y suelen existir en función de su recorrido. Incluso los conflictos familiares y médicos que podrían abrir preguntas sobre la enfermedad, la responsabilidad institucional o los límites de determinadas decisiones quedan subordinados a una única mirada. La película parece menos interesada en explorar esas tensiones que en asegurarse de que el espectador permanezca emocionalmente alineado con su protagonista.

Por eso el giro hacia el thriller resulta menos sorprendente de lo que podría parecer. Cuando Jada decide tomar el control de la situación mediante un acto desesperado, la película no modifica realmente su lógica narrativa; simplemente lleva hasta sus últimas consecuencias un mecanismo que venía construyendo desde el comienzo. Lo llamativo es que una situación que debería generar posiciones enfrentadas, dilemas éticos y resistencias concretas termina resolviéndose en un escenario donde casi todos los personajes gravitan alrededor de la causa de la protagonista.

La enfermedad, la maternidad y la desesperación frente a un sistema sanitario insuficiente aparecen como los grandes temas del relato, pero rara vez encuentran un desarrollo que vaya más allá de su capacidad para conmover. A medida que avanza, la película parece cada vez más preocupada por provocar una respuesta emocional que por detenerse en las contradicciones que nacen de su propia historia. El resultado deja una sensación extraña: cuanto más extrema se vuelve la situación, menos espacio hay para la complejidad. Y cuando finalmente llega el desenlace, concebido para cerrar la historia desde la emoción y la reconciliación, la película termina refugiándose en una salida complaciente que simplifica muchos de los conflictos que había acumulado en el camino. Lo que permanece no es tanto la reflexión sobre los límites de una madre frente a la enfermedad de su hijo como el recuerdo de una narración que, en su afán por conmover, nunca termina de confiar en la fuerza de aquello que estaba contando.

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