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Crítica de "Victoria": una noche de locura en Berlín
Cuando sale de la jungla danzante para volver a casa en bicicleta, Victoria (Laia Costa) se deja llevar por un grupo de muchachos que la invitan a prolongar la noche en las calles de Berlín. Sonne (Frederick Lau), Blinker (Burak Yigit), Boxer (Franz Rogowski) y Fub (Max Mauff), ya ebrios, son amigos desde hace años y recorren la ciudad como si les perteneciera. Victoria acepta acompañarlos sin demasiadas preguntas. Roban algunas bebidas y suben a la terraza de uno de los edificios más altos de la ciudad. La noche parece ser de ellos y también Berlín. La conexión entre Victoria y Sonne crece de manera espontánea hasta volver inseparable a la pareja. El espectador también desea permanecer junto a ellos porque, de algún modo, termina formando parte de ese grupo al que la cámara sigue de cerca.
Y esa es precisamente una de las grandes virtudes de la película. Desde el comienzo asistimos a una única secuencia ininterrumpida. Al igual que Victoria, el espectador pasa a integrar el grupo de manera natural. Lo que en un principio parece un ejercicio de observación deriva en un vertiginoso tour de force. La historia, que inicialmente se presenta como el posible romance entre dos jóvenes, cambia de rumbo de forma abrupta y se transforma en un thriller frenético cuando Boxer revela que debe participar en el robo de un banco para saldar una deuda con el mafioso que lo protegió durante su paso por la cárcel.
La aventura nocturna se convierte entonces en una odisea urbana impulsada por el virtuosismo de Sebastian Schipper y del director de fotografía Sturla Brandth Grovlen. Sin recurrir a artificios, la película está construida como un auténtico plano secuencia, sin cortes ocultos. La cámara atraviesa discotecas, cafeterías, bancos, edificios, autos robados, calles, persecuciones, tiroteos, enfrentamientos con la policía y un hotel de lujo con una fluidez que nunca pierde de vista a sus personajes.
La potencia de la secuencia inicial anticipa todo lo que vendrá después. No solo establece la forma en que la película atrapa al espectador y lo involucra de manera casi física, sino que también sostiene la credibilidad de una historia narrada en tiempo real. Esa sensación de inmediatez convierte a Victoria en una experiencia de un realismo tan intenso que, por momentos, parece superar a la propia realidad, aunque al final resulte inevitable preguntarse cómo es posible que todo ocurra en apenas dos horas y cuarto.