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Crítica de "Club Sándwich": La adolescencia irrumpe en el paraíso
Un resort algo demodé, el calor que invita a pasar las horas junto a la piscina y una madre que vacaciona con su hijo, ya en los umbrales de la adolescencia. Con esos elementos, Fernando Eimbcke construye en Club Sándwich una película de una intimidad creciente, sostenida por pequeños gestos y silencios. Como ya ocurría en Temporada de patos (2004) y Lake Tahoe (2008), el director mexicano vuelve a situarse en ese territorio donde la ternura convive con la aparente banalidad de la vida cotidiana.
La madre (María Renée Prudencio) ha decidido tomarse unos días de descanso junto a su hijo (Lucio Giménez Cacho). La relación entre ambos es tan cercana que por momentos oscila entre la complicidad y la invasión del espacio personal. El adolescente atraviesa el despertar del deseo y comienza a descubrir un mundo que ya no gira exclusivamente alrededor de su madre. Ese proceso encuentra un punto de inflexión cuando conoce a una joven algunos años mayor que él, también alojada en el resort, quien despierta su curiosidad afectiva y sexual.
Club Sándwich pertenece a esa clase de películas que construyen su fuerza por acumulación. La primera mitad está dedicada a consolidar el vínculo entre madre e hijo a través de rutinas, juegos y conversaciones donde incluso los conflictos conservan un tono afectuoso. La cámara observa con paciencia unos cuerpos que todavía no terminan de separarse simbólicamente. Con un registro entre lo lúdico, lo tierno y, por momentos, lo incómodo, Eimbcke desarrolla una serie de situaciones que pueden resultar reiterativas. Aunque su duración es breve, la película probablemente habría ganado en intensidad si hubiese adoptado el formato de un mediometraje.
Con diálogos precisos y una puesta en escena apoyada en planos fijos, el director consigue establecer una relación de cercanía con el espectador, que termina acompañando el descubrimiento sentimental de los dos jóvenes. El punto de mayor intensidad dramática llega durante una escena de baile: mientras la madre contempla la situación con evidente incomodidad, el hijo experimenta ese momento como una afirmación de su propia identidad. Toda la película parece conducir hacia esa secuencia. Club Sándwich confirma así la consolidación de Fernando Eimbcke como una de las voces más personales del cine mexicano contemporáneo. A las interpretaciones de María Renée Prudencio y Lucio Giménez Cacho se suma la de Danae Reynaud Romero, cuya presencia resulta decisiva para el proceso de transformación del protagonista.