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Crítica de "Perdiendo el juicio": una buena idea atrapada en una serie sin rumbo
Amanda Torres era una de las abogadas más prestigiosas de Madrid hasta que un episodio vinculado a un trastorno obsesivo compulsivo irrumpe en pleno juicio y provoca el derrumbe de su carrera. Desde ese punto, Perdiendo el juicio (2025) construye una historia de reconstrucción profesional atravesada por un conflicto familiar: la defensa de su hermana Daniela, acusada de asesinar a su novio el mismo día de su boda. La premisa combina drama judicial, comedia y thriller criminal, una mezcla que promete más de lo que finalmente desarrolla.
Durante los primeros episodios, la serie encuentra cierto impulso en el misterio que rodea el caso central. La duda sobre la culpabilidad de Daniela y las consecuencias que el proceso tiene para Amanda generan cierta tensión que mantiene el interés. Sin embargo, a medida que la trama avanza, los casos episódicos comienzan a ocupar espacio sin aportar demasiado al conflicto principal. El relato se dispersa y termina dependiendo más de giros argumentales que de una construcción sostenida de los personajes.
A esa falta de foco se suma una representación del mundo jurídico que oscila entre la ficción televisiva y situaciones difíciles de aceptar incluso dentro de sus propias reglas. Algunos diálogos explican más de lo que revelan y varias escenas parecen diseñadas para resolver obstáculos narrativos antes que para desarrollar conflictos. Como consecuencia, el tono cambia constantemente entre el drama, la comedia y el procedimiento legal sin encontrar un equilibrio claro entre esos registros.
El elenco reúne nombres conocidos de la televisión española, encabezados por Elena Rivera, Manu Baqueiro, Miquel Fernández y Carol Rovira. Sin embargo, las relaciones entre los personajes rara vez adquieren profundidad. Los vínculos sentimentales, profesionales y familiares aparecen definidos por la función que cumplen dentro de la trama más que por una evolución propia, lo que dificulta que el espectador encuentre algo más que arquetipos reconocibles detrás de ellos.
Lo más efectivo llega en el tramo final, cuando la serie vuelve a concentrarse en el caso que había impulsado la historia desde el comienzo. Allí reaparece la tensión que había quedado diluida durante buena parte de la temporada y el relato recupera cierta capacidad para sorprender. Aun así, Perdiendo el juicio deja la sensación de una idea que nunca encuentra una forma consistente de desarrollarse. Como dramedy judicial, plantea conflictos atractivos y personajes con potencial, pero entre cambios de tono, resoluciones apresuradas y una escritura irregular, termina quedándose a mitad de camino entre el drama legal, el misterio criminal y la comedia de despacho.