2026-05-14

Festival de Cannes 2026

Crítica de "Fatherland": Pawel Pawlikowski y la patria perdida de Thomas Mann

En Fatherland, como antes en Ida (2013) y Cold War (2028), Pawel Pawlikowski retrata la ruinas de Europa. En este caso a partir del regreso de Thomas Mann a Alemania en 1949. Mann vive desde 1933 exiliado en California y su vuelta a su Alemania natal se produce para dar sendas conferencias en Frankfurt y Weimar, ciudades a ambos lados del Telón de Acero que definirá toda la geopolítica de la Guerra Fría. Lo hace acompañado de su hija Erika (una Sandra Hüller que vuelve a demostrar que es la mejor actriz del mundo), que ejerce de chófer e intérprete. Esperan que los acompañe también otro de sus hijos, Klaus, pero lo único que reciben en medio del viaje es la noticia de su suicidio en Cannes.

Volvemos a encontrarnos con ese estilo que Pawlikowski había definido en sus dos películas anteriores, la pantalla cuadrada y el blanco y negro entre sus elementos más superficiales, pero su capacidad de síntesis narrativa, tan insólita en el cine contemporáneo, vuelve a resultar asombrosa: la duración oficial de la película es de 82 minutos, pero si descontamos los créditos finales se queda en 73. El gran giro con respecto a Ida y Cold War es que Fatherland es una película mucho más dialogada, más retórica, si se quiere, con menos silencios y menos preocupada de hacer avanzar el relato mediante elegantes y profundas elipsis. Toda la acción se concentra en unos pocos días y su primer objetivo es dibujar un retrato de la Alemania de postguerra, dividida entre los dos bloques, a un lado los soviéticos con su dictadura proletaria, al otro las potencias occidentales (Estados Unidos, básicamente) que han pactado con los restos del nacionalsocialismo; una Alemania en pleno proceso de una reconstrucción que se adivina moralmente imposible y en que el papel de los exiliados aún está por decidir (o no: del lado occidental se los considera traidores).

Mann es ahora ciudadano norteamericano, pero no está nada claro cual es su patria. Pawlikowski sintetiza todo su pensamiento y esa posición tan ambigua como incómoda, en el fondo la de un apátrida que tuvo que renunciar a sus orígenes al emprender el exilio, en una secuencia como la de la rueda de prensa inicial que posibilita que todo ese conflicto se exponga sin tapujos. Poco después, en una recepción en la que Erika abofetea a su exmarido, el actor Gustaf Gründgens, amigo de Göring y colaborador del régimen nazi, Mann se enfrenta a los nietos de Richard Wagner, ansiosos por que el Premio Nobel apoye la reconstrucción de Bayreuth. Categórico, Mann les responde que la música de Wagner pervivirá sin su apoyo, que Bayreuth debería de ser demolido y que su madre debería de ser enjuiciada. Se entiende que Mann pasase los últimos años de su vida en Suiza.

¿Se puede hablar de reconstrucción en un país hundido moralmente? La última secuencia de la película nos deja a Mann y su hija en una iglesia medio derruida, la Bachkirche de Arnstadt, donde Johann Sebastian Bach ejerció como kapellmeister a los 19 años de edad. Su órgano está siendo arreglado por dos músicos y de entre las ruinas sobrevuelan algunas notas de la Cantata 147. Esa es la única patria de Thomas Mann, la que pervivirá y que supone el asidero más claro para una Europa tan desorientada como la de 1949.

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