2026-02-25

76 Berlinale

Crítica de "Moscas": Fernando Eimbcke y un retrato sobre la infancia y la soledad

Al director mexicano Fernando Eimbcke lo conocemos en Argentina porque sus películas pasaron por los Festivales de Mar del Plata y BAFICI. Su ópera prima como director, Temporada de patos (2004), se proyectó en el Festival de Cannes y ganó varios premios. Su siguiente película, Lake Tahoe (2008), se estrenó en la Berlinale, donde ganó el Premio Alfred Bauer, llevándose también el Premio de la crítica (FIPRESCI). Club Sandwich (2013) se estrenó en Festival Internacional de Cine de Toronto y ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. En 2025, volvió a la Berlinale con su cuarto largometraje, Olmo y ahora, con su quinto, regresó a la Competencia Oficial.

En Moscas (2026) nos encontramos con Olga (Teresita Sánchez, eje de la película y que también brilla en la inteligente comedia Everything else is noise, de Nicolás Pereda, presentada en la sección Fórum) lleva una vida monacal, monótona, estrictamente regulada, sin amigos ni relaciones, en un enorme monoblock. El dinero no le alcanza para sobrevivir y la necesidad la lleva a sub-alquilar una habitación de su departamento. Allí se muda un hombre cuya esposa se encuentra internada en un hospital cercano, para poder estar cerca de ella. El punto es que también introduce (al principio a escondidas) a su hijo de nueve años en el departamento. El descubrimiento del polizón genera la primera reacción del inmediato desalojo, luego la duplicación de la renta y por último, y muy de a poco, la creación de un inesperado vínculo con el niño. Los cimientos del controlado mundo de Olga comienzan a temblar y pareciera que la fría y distante relación estrictamente comercial entre los tres personajes puede mutar hacia algo más humano y entrañable.

Las imágenes en blanco y negro se toman su tiempo para describir los personajes (la escena en la que Olga, al inicio, trata de deshacerse de las moscas que se meten en su hogar sirve para presentarla sin palabras). Las necesidades económicas marcan el ritmo de las relaciones pero son también una excusa, una coartada, para no ahondar en los propios sentimientos. Los encuentros casuales, los cruces y, sobre todo, la pasión por un jueguito electrónico que semeja el Space Invaders (lo que vemos, en anacrónico fichín, se parece mucho pero tiene otro nombre), dan la oportunidad de que los destinos de los tres protagonistas se entrelacen.

Pequeña y amorosa, Moscas se hace grande en la pintura de sus personajes, en la corriente de creciente empatía y cariño que se genera entre ellos. La realidad es dura (el padre se ve obligado a comprar sólo parte de los medicamentos que le recetan a su mujer porque el dinero no le alcanza), pero padre e hijo tienen una relación entrañable que les permite sobrellevar con entereza la grave enfermedad de la madre. No sabemos bien qué es lo que tiene, pero es grave. En el Hospital no dejan entrar niños, pero el pequeño protagonista no deja de intentar todo tipo de artilugios para vencer ese cerco. Cuando lo logra, la aparición de la madre es muy breve. Es claro que el niño no se banca ver así a su madre, pero allí está también Eimbcke para evitar subrayar con crueldad la situación. Ese momento en el que el niño prefiere irse da cuenta acabada de la situación sin necesidad de acudir al golpe bajo ni al casi pornográfico (e injustificable) detalle en el que, por ejemplo, se regodea Lance Hammer en Queen at sea (también presentada en la Competencia Oficial y que se vincula con la enfermedad de Alzheimer).

Moscas (injustamente) no obtuvo ningún galardón oficial por parte de un jurado (presidido por Wim Wenders) especialmente miope. Sí se llevó el premio del Jurado Ecuménico. Muy a tono con el rumbo que tomó la Berlinale este año, al recibir el galardón Eimbcke dedicó su premio al corazón de la película: las infancias alrededor de todo el mundo, destacando la niñez Palestina. El cineasta mexicano hizo referencia al genocidio que ya lleva más de dos años en Gaza y recordó al gran Jean-Luc Godard: “no se trata de hacer cine político, sino de hacer cine políticamente”. Y culminó: “Los mensajes deben decirse y hacerse en el podio. Así que ahora que estoy aquí, permítanme enviar un mensaje. Más de 17.000 niños han sido asesinados en Gaza en los últimos dos años. Debo alzar la voz, y pido a todos los gobiernos y organizaciones que también la alcen”.

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