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Crítica de "Amor de oficina": romance y poder en clave corporativa
Amor de oficina (2026) articula una fórmula reconocible: romance, competencia laboral y ambición profesional a lo largo de ocho episodios que sitúan el conflicto en una empresa donde el poder circula tanto en las oficinas como en los vínculos personales. Desde el inicio, la serie define su territorio narrativo y deja claro que el ascenso profesional no será un telón de fondo, sino el espacio donde se tensionan deseos, decisiones y alianzas.
El punto de partida es una noche compartida entre Graciela (Ana González Bello) y Mateo (Diego Klein) que adquiere otro sentido cuando ambos descubren que compiten por el cargo de CEO. Ese dato reconfigura el vínculo y desplaza el relato hacia una disputa sostenida entre intimidad y carrera, donde cada gesto privado tiene consecuencias públicas dentro de la lógica corporativa.
La construcción de los protagonistas sostiene buena parte del interés. Graciela se aleja del modelo de ejecutiva idealizada y se presenta como una profesional atravesada por un sistema que la condiciona. González Bello trabaja el personaje desde la contención, evitando la caricatura. Mateo, en cambio, podría haber quedado reducido al arquetipo del ejecutivo confiado, pero Klein introduce matices que lo vuelven legible dentro del relato, incluso cuando no resulta del todo empático.
La serie, creada por Carolina Rivera y dirigida por Nadia Ayala Tabachnik, se expande a través de subtramas vinculadas a los equipos de trabajo, lo que permite que la historia no dependa exclusivamente de la pareja central. Sin embargo, el ritmo irregular y la insistencia sobre ciertos conflictos hacen que la disputa por el cargo pierda fuerza como motor dramático. Amor de oficina funciona mejor como comedia romántica de oficina que como lectura crítica del poder corporativo, una decisión que define con claridad el tipo de experiencia que ofrece al espectador.