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Crítica de "Marley y yo": El Perro infernal
Owen Wilson y Jennifer Aniston interpretan a una pareja de periodistas que adopta un labrador ofrecido a 200 dólares. Marley, lejos de ser un regalo, altera la rutina del hogar: nadie logra controlarlo, destruye cuanto encuentra y tensiona la relación. Con la llegada de tres hijos, ella abandona su trabajo para dedicarse a la crianza y a un animal que nunca deja de desbordar la escena. La película acompaña esa transición familiar hasta el desenlace, cuando el perro muere de viejo y la familia enfrenta el cierre afectivo del vínculo.
David Frankel, luego del éxito de El diablo viste a la moda, toma un proyecto que prioriza la rentabilidad sobre la construcción cinematográfica. Marley y yo lideró la taquilla durante varias semanas en Estados Unidos y replicó ese fenómeno en Argentina, apoyada en una fórmula que busca impacto emocional más que solidez narrativa.
El film apela a elipsis de una década sin transformación visual de los personajes, incorpora un flashback que no encuentra continuidad y acumula inconsistencias dramáticas. La estructura se organiza como una sucesión de episodios que se repiten sin desarrollar consecuencias, sostenida en una idealización familiar que neutraliza cualquier conflicto real.
El resultado es una propuesta que intenta inscribirse en la comedia dramática costumbrista, pero queda atrapada en una mirada superficial sobre la vida doméstica y en el uso permanente de atajos sentimentales.