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Crítica de “Estado eléctrico”: Una fábula sin corazón de los hermanos Russo
Estado eléctrico (The Electric State, 2025) es una fábula apta para todo público sobre el clásico conflicto del ser humano contra las máquinas, pero lo hace de una forma tan esquemática que no termina definiendo ni un tono ni un estilo propio, y se limita solo a replicar ideas de otras producciones del género.
Ubicada en los años noventa, la historia nos lleva a un mundo donde la humanidad se enfrenta con los robots, con forma de animatronics. A pesar de contar con inteligencia artificial avanzada y realidad virtual, los detalles visuales no coinciden con la época representada: los teléfonos aún son de cable y los monitores de computadora siguen siendo de tubo, una mezcla de anacronismos que confunde y distrae.
La historia nos presenta a Michelle (Millie Bobby Brown), quien evoca estéticamente a Kim Basinger en esos años, una adolescente inmersa en un mundo donde robots con sentimientos son los protagonistas de una guerra cibernética. En su viaje, Michelle se encuentra con Keats (Chris Pratt), un traficante de buen corazón visualmente al estilo de Patrick Swayze, y una serie de robots aliados que ayudan a darle sentido a su misión: encontrar a su hermano en manos del Dr. Amherst (Ke Huy Quan). Stanley Tucci interpreta a un genio tecnológico pero desalmado a lo Elon Musk, y Giancarlo Esposito cumple con la función de ser su brazo armado.
El mayor atractivo de Estado eléctrico radica en su intento de recuperar la cultura pop de los años noventa, con referencias a dibujos animados, peinados batidos, motocicletas, la banda sonora compuesta por Alan Silvestri (Volver al futuro) y ropa de cuero con tachas. Incluso, la figura de Bill Clinton que pronuncia discursos en el film, añade una capa de surrealismo a la trama.
La mezcla de guerra cibernética, realidad virtual y mundos alternativos al estilo de Stranger Things solo dificulta la comprensión del conflicto central, que gira en torno al rescate del hermano superdotado de la protagonista. Los chistes y momentos de humor, puestos para descontracturar la tensión dramática, no siempre resultan efectivos y, en ocasiones, rompen el tono de la película.
Estado eléctrico es de esas películas que pretenden abarcar todo: aventuras, épica, drama, mensaje social, nostalgia. Tal vez por querer ser todo eso al mismo tiempo termine siendo superficial. Algo que la convierte en una producción entretenida pero poco memorable.