Resistencia bailable y soberanía sónica
La catarsis anticolonial de Kneecap explotó en Buenos Aires
Hay conciertos que funcionan como una descarga de adrenalina y otros que actúan como una declaración de guerra cultural. El desembarco de Kneecap en C Art Media pertenece a esa clase infrecuente de acontecimientos donde el baile, el idioma y la barricada se funden en una misma vibración sónica. En su debut en suelo argentino, el trío del oeste de Belfast no vino simplemente a repasar un repertorio; vino a demostrar que la música popular aún puede ser un territorio de disputa, un artefacto político inclaudicable y una fiesta feroz.
El primer acto de soberanía de Kneecap es la lengua. Cantar en irlandés ante una multitud que en su inmensa mayoría no comprende el idioma podría haber sido una barrera infranqueable o un capricho endogámico. Sin embargo, en manos de Mo Chara y Móglaí Bap, el gaeilge se transforma en una ráfaga fonética, un arma de percusión verbal que entra por los poros antes de pasar por la razón. Hay algo profundamente emancipador en esa opacidad: el público porteño no necesitó traducir cada verso para captar la urgencia. La cadencia era la doctrina; la presión de las bases, el argumento.
Lejos de la solemnidad del panfleto, la propuesta sonora del grupo es un asalto hedonista. Apoyados en la arquitectura de DJ Próvaí, los ritmos esquivan el purismo del hip hop para internarse en los terrenos más abrasivos de la electrónica británica: esquirlas de big beat, ramalazos de jungle, frenesí drum and bass y la urgencia catártica del techno. Esa tracción bailable convirtió la pista en un cuerpo colectivo en combustión. No hubo necesidad de pausar el show para dictar cátedra: la política de Kneecap es física, se ejerce con el sudor y el choque de los hombros.
Cuando el concierto rozó la geografía local, la catarsis se volvió cortocircuito. La aparición de la bandera con la consigna Las Malvinas son argentinas y el clásico cántico antiinglés entrelazaron en un mismo pulso las causas de Irlanda, Palestina y el Atlántico Sur. Es cierto que en esa diplomacia del agite la síntesis puede pecar de vertiginosa, comprimiendo complejidades históricas disímiles en un anticolonialismo de trinchera. Pero el rock —y el hip hop en su estado más salvaje— raras veces opera desde la sutileza académica; su terreno es la provocación, el símbolo en combustión y la creación de un enemigo común sobre el cual saltar.
El verdadero triunfo de la noche no estuvo únicamente en la efectividad de sus consignas, sino en la arquitectura de un sonido que se niega a someterse. Kneecap ofreció una lección de cómo habitar la tensión entre la distancia y la pertenencia: tendieron puentes inmediatos sin negociar su identidad ni volver transparente su idioma. Al final de los 90 minutos frenéticos, cuando las luces de C Art Media se encendieron, quedó flotando una certeza incandescente: se puede saltar en Buenos Aires ensordecido por el beat, pero el irlandés permanece intacto, exigiendo su lugar en el mundo.