Oberá en Cortos 2026: formación e identidad
La importancia del Cine Comunitario en el Festival de Oberá y en la región del NEA
Como todos los años, el cine comunitario ocupa un espacio destacado dentro de la programación del Festival Internacional de Cine de Oberá en Cortos, convertido en uno de los ámbitos fundamentales para mostrar aquello que sucede en los territorios, pero también para poner en común experiencias, aprendizajes y formas de narrar que nacen lejos de los circuitos tradicionales de producción audiovisual.
Desde hace una década, Verónica Fulquet está al frente del área de Producción Comunitaria del Instituto de Artes Audiovisuales de Misiones (IAAviM), un trabajo que excede ampliamente la enseñanza de las herramientas cinematográficas. Su tarea consiste en detectar comunidades, organizaciones y grupos que quieren contar sus propias historias, acompañarlos en ese proceso y generar las condiciones para que puedan apropiarse del lenguaje audiovisual.
“Mi tarea es salir a buscar qué organizaciones están queriendo formarse en cine comunitario y fortalecer esos rincones. No hay muchas productoras de cine comunitario, pero sí hay muchas intenciones de trabajar desde ahí”, explica Fulquet.
En 2026, el Programa de Formación en Cine Comunitario del IAAviM volvió a desplegarse en distintos puntos de la provincia, con sedes en Puerto Piray, Posadas, Oberá y Puerto Iguazú, entre otras localidades. La propuesta parte de una premisa fundamental: que las herramientas audiovisuales puedan llegar a los territorios y que cada comunidad pueda utilizarlas para construir sus propias narrativas, respetando sus tiempos, identidades y formas de participación.
Una cámara para contar desde adentro
¿De qué hablamos cuando hablamos de cine comunitario? Para Fulquet, la respuesta está justamente en quién sostiene la mirada.
“Hacer cine comunitario es tomar la herramienta del audiovisual para contar en primera persona las tradiciones, la cultura, la identidad y las denuncias de una comunidad. Son historias que no son contadas desde afuera para documentar, sino que es la misma comunidad la que se suelta hacia afuera, utilizando el cine como herramienta social”.
La diferencia es sustancial. No se trata simplemente de llevar una cámara a un barrio, una escuela, una comunidad rural, una institución o un espacio de encierro para registrar lo que allí sucede. El proceso implica que quienes forman parte de esos territorios participen de las distintas etapas de la creación: decidir qué quieren contar, investigar, escribir, filmar, editar y finalmente encontrar los espacios donde esa historia pueda ser vista.
La Red Argentina de Cine Comunitario (RACC), de la que Fulquet fue parte desde su conformación, define justamente al cine comunitario como un proceso mediante el cual las comunidades se apropian de herramientas audiovisuales para autorrepresentarse y visibilizar sus realidades, sueños y deseos. Se trata de una práctica horizontal y colectiva que no se limita a producir películas: también comprende su exhibición, circulación y apropiación por parte de la propia comunidad.
Una tradición que atraviesa América Latina
Aunque el término “cine comunitario” pueda parecer relativamente reciente, sus raíces se hunden profundamente en la historia del audiovisual latinoamericano. Sus antecedentes pueden encontrarse en las experiencias del Nuevo Cine Latinoamericano que, desde fines de los años cincuenta y durante las décadas siguientes, comenzó a cuestionar los modelos industriales y las formas tradicionales de representación, buscando otras maneras de mirar las realidades sociales y políticas del continente.
El desarrollo posterior de experiencias de comunicación popular, cine indígena, video participativo y producción audiovisual colectiva fue ampliando esa búsqueda. La pregunta dejó de ser solamente quién tiene acceso a una cámara para convertirse en otra mucho más profunda: quién tiene derecho a producir imágenes sobre una comunidad y quién tiene derecho a contar su propia historia.
Un estudio regional coordinado por el investigador boliviano Alfonso Gumucio Dagron, impulsado por la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano con apoyo del Fondo para la Diversidad Cultural de la UNESCO, relevó entre 2011 y 2012 experiencias de cine y audiovisual comunitario en 14 países de América Latina y el Caribe. El trabajo identificó 55 experiencias y permitió reconstruir una historia mucho más extensa de estas prácticas, vinculadas con la comunicación popular, las organizaciones sociales, las comunidades indígenas y las búsquedas por democratizar la producción y circulación de imágenes.
Así, el cine comunitario latinoamericano fue construyendo una identidad propia: contar otras historias, romper el monopolio de las representaciones y generar imágenes producidas desde los propios territorios.
En Argentina, ese proceso desembocó también en la creación de la Red Argentina de Cine Comunitario, cuya primera asamblea se realizó el 25 de octubre de 2020. Allí participaron colectivos, organizaciones y referentes de distintas provincias, entre ellos Verónica Fulquet, con el objetivo de construir un espacio nacional capaz de fortalecer y visibilizar este campo audiovisual.
Desde entonces, la RACC se consolidó como un espacio federal de producción, formación, exhibición y discusión de políticas públicas para el cine comunitario. Actualmente reúne colectivos y organizaciones de más de doce provincias.
Misiones: un territorio hecho de muchas identidades
En Misiones, la práctica adquiere una dimensión particular. La provincia suele ser representada a través de imágenes inmediatamente reconocibles: la tierra colorada, la selva, las cataratas. Pero para el cine comunitario esas imágenes son apenas una superficie.
“Está la comunidad rural, que vive de su cosecha y que tiene que trabajar sus propias complejidades ahí dentro; y están los de la ciudad, con realidades distintas en el centro de las del casco periférico”, señala Fulquet.
Esa diversidad aparece en las historias que surgen de los talleres. No existe una única identidad misionera ni una única manera de habitar el territorio. Hay comunidades rurales, barrios urbanos, pueblos fronterizos, comunidades indígenas, instituciones educativas y espacios atravesados por problemáticas sociales muy diferentes.
Y justamente allí aparece uno de los mayores valores del cine comunitario: hacer visibles las pequeñas historias que muchas veces quedan fuera de las grandes narrativas sobre una región.
“Las necesidades son muchas”, explica Fulquet. Puede aparecer el bullying, los trastornos vinculados con la alimentación, el uso de los celulares y la desconexión que producen, o las historias de personas privadas de su libertad.
En este último caso, recuerda una experiencia en la que detrás de la condición de “preso” apareció una historia mucho más compleja: una persona que no sabía leer, que sufría situaciones de violencia y a la que podían hacerle firmar cualquier cosa. El proceso audiovisual permitió que apareciera esa realidad y que, a partir de ella, se generaran nuevos vínculos y posibilidades.
“Esto la gente no lo ve: la gente ve que son presos que están ahí. La historia del cine comunitario cuenta desde adentro pequeñas sutilezas, que como sociedad pasamos por alto, y que luego nos trae un despertar de la conciencia”.
El taller como primera escuela de cine
Pero hay otra dimensión fundamental en este proceso: la formación.
Un taller de cine comunitario no necesariamente tiene como objetivo inmediato formar profesionales que luego ingresen a la industria audiovisual. Sin embargo, en cada experiencia aparecen personas que descubren por primera vez que pueden escribir un guion, manejar una cámara, registrar sonido, actuar, editar o pensar una película.
El recorrido hacia un cortometraje es también un recorrido de aprendizaje.
“Al ir por el camino de todo lo que significa producir un cortometraje —escribir un guion, profundizar, investigar, cuestionar, reflexionar sobre la historia que se quiere contar—, y buscar a través del arte del cine, se llega a una obra que transmite todo eso”, explica Fulquet.
En ese sentido, el cine comunitario funciona como una puerta de entrada al audiovisual. En cada localidad donde se desarrolla un taller pueden aparecer futuros realizadores, guionistas, técnicos, productores, actores, montajistas o simplemente espectadores con una mirada más crítica sobre las imágenes que consumen.
Pero incluso cuando alguien no continúa una carrera profesional dentro del cine, la experiencia deja algo que resulta igualmente importante: la capacidad de mirar el propio territorio de otra manera.
El cine como espejo de la comunidad
Fulquet sostiene que una de las razones por las que cree profundamente en el proyecto es porque el cine comunitario “nos trae preguntas que no nos hacemos, que no tenemos en cuenta”.
Cuando esas preguntas aparecen en una película y son observadas desde la perspectiva de quienes protagonizan esa realidad, surge una información diferente, más cercana y más auténtica.
La película se convierte así en una suerte de espejo colectivo. La comunidad se mira a sí misma, reconoce sus problemas, sus costumbres, sus conflictos y sus deseos. Pero también puede descubrir aspectos que no había visto antes.
Por eso el proceso no termina cuando se completa el montaje.
La película vuelve a su territorio
Uno de los principios del cine comunitario es que la obra vuelva a la comunidad que la produjo.
“Los cineclubes son los espacios que más nos acompañan”, explica Fulquet. Pero también aparecen bibliotecas populares, escuelas, plazas, espacios culturales y hasta establecimientos penitenciarios.
La lógica es sencilla y poderosa: si una comunidad produjo una película sobre sí misma, tiene que poder verse en ella.
“La búsqueda es que la comunidad pueda verse e identificarse con lo que sucede. Y, a la hora de ver la obra, la misma comunidad se enriquece”.
El año pasado, incluso, una propuesta vinculada con un penal permitió ampliar este circuito y pensar una experiencia de cineclub dentro de un espacio de encierro. El audiovisual volvió a aparecer allí no solamente como entretenimiento, sino como herramienta de encuentro, reflexión y construcción colectiva.
Oberá en Cortos, territorio de encuentro
En ese mapa, el Festival Internacional de Cine de Oberá en Cortos ocupa un lugar estratégico.
Para los grupos que trabajan en cine comunitario en Misiones, el festival es el momento en que experiencias dispersas territorialmente pueden encontrarse. Las producciones llegan desde distintas localidades y se ponen en diálogo con otras experiencias de la provincia y de la región.
“El Oberá en Cortos es el espacio que tenemos para visibilizar el material que hacemos en Misiones, el reencuentro entre todas esas localidades de la provincia, que se reúnen acá para conocerse e intercambiar ideas y sabiduría”, explica Fulquet.
Ese encuentro tiene además una dimensión pedagógica. Los jóvenes que participan de los talleres no solamente llegan al festival para exhibir una película: llegan para descubrir que aquello que hicieron en su comunidad forma parte de algo mucho más grande.
Se encuentran con otras miradas, otras historias y otras formas de producir. Aprenden que el cine también puede construirse fuera de los grandes centros urbanos y que una cámara puede ser una herramienta para contar la vida cotidiana de un pueblo, una escuela, un barrio, una comunidad indígena o una institución.
Construir cine desde cada rincón
Desde 2017, las obras producidas en el marco de Cine Joven Comunitario del IAAviM fueron construyendo un archivo audiovisual de esas múltiples identidades. El material puede consultarse en el canal de YouTube Cine Joven Comunitario IAAviM, donde se reúnen las producciones realizadas a lo largo de estos años.
Ese archivo tiene un valor que excede lo cinematográfico. Son imágenes de una provincia vistas desde sus propios habitantes. Un registro de problemáticas, tradiciones, preocupaciones y sueños que, con el paso del tiempo, también se convierte en memoria.
Y allí aparece quizás la dimensión más profunda de la tarea que Fulquet desarrolla desde hace una década: no se trata solamente de enseñar a hacer películas, sino de ampliar el mapa de quiénes pueden producir imágenes y de qué historias merecen ser contadas.
En una región donde la distancia de los grandes centros de producción audiovisual puede convertirse en una barrera, llevar formación, herramientas y espacios de exhibición a cada territorio significa también democratizar el acceso a la creación.
El cine comunitario nace, en definitiva, allí donde una comunidad decide que quiere mirarse, preguntarse y contarse. Y cuando esa cámara pasa de mano en mano, cuando el territorio deja de ser solamente el escenario de una película para convertirse en su autor, el audiovisual deja de ser únicamente una obra: se transforma en una herramienta de identidad, formación, memoria y construcción colectiva.
En el Canal de YouTube Cine Joven Comunitario IAAviM están todas las obras que se hicieron desde 2017 hasta hoy.