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Crítica de "Sunrise: El último amanecer": Mallorca, chicos lindos y un guion que se tomó vacaciones
Uno quiere darle una oportunidad a Sunrise: El último amanecer (The Last Sunrise, 2026). De verdad. Mallorca está ahí, haciendo horas extras; Maia Reficco sonríe, Fernando Líndez se saca la camisa y Eva Longoria observa a su hija con la expresión de una madre que ya leyó el guion y sabe que todo terminará mal. Pasan diez minutos, después veinte, y el romance todavía no aparece. Ry y Julián se gustan porque la película lo ha decidido. Al público solo le queda confiar, como quien compra un departamento sin visitarlo.
Ry tiene 22 años, una enfermedad crónica y una madre rica que la protege hasta dejarla sin aire. Allí había una historia: la de una joven que intenta decidir sobre su cuerpo, sus temores y su futuro. Pero llega Julián, con abdominales, ropa de diseñador y economía de pescador, y el relato se convierte en otra fantasía juvenil donde la independencia consiste en subirse a la moto del muchacho indicado. Él no conversa: posa. Ella no se enamora: cumple con el cronograma. Cuando intentan compartir algo profundo, dan ganas de pedirle al Mediterráneo que haga ruido.
Carlson Young dirige convencida de que un atardecer puede reemplazar cualquier emoción, mientras Anna Klassen escribe como si los clichés aún conservaran la garantía. Hay secretos familiares, discusiones programadas y reconciliaciones que llegan puntuales. Los personajes viven al borde del abismo emocional, aunque jamás al borde de repetir una camisa. La enfermedad de Ry, que podía abrir un conflicto sobre la autonomía y el miedo, termina utilizada como combustible para el melodrama. Incluso Eva Longoria queda reducida a interrumpir besos y tomar decisiones porque algún adulto debe mantener la trama en movimiento.
La previsibilidad no es el problema: el cine romántico puede revelar el destino de una pareja desde el primer encuentro y aun así conseguir que importe. Aquí, en cambio, todo parece obedecer a una lista de requisitos: cuerpos perfectos, mar, música pop, una madre tan superflua como sobreprotectora y frases destinadas a terminar impresas en una taza. Sunrise: El último amanecer insiste en que la vida es corta. Ese mensaje sí funciona: antes de que llegue el final, ya resulta inevitable pensar en otras maneras de aprovechar el tiempo.