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Crítica de "Los colores del mal: Negro": una investigación atrapada en sus propias sombras
Con Los colores del mal: Negro (Colors Of Evil: Black, 2026), Adrian Panek vuelve al universo de las novelas de Matgorzata Oliwia Sobczak y recupera al fiscal Leopold Bilski (Jakub Gierszat), esta vez trasladado a Casubia, una localidad polaca donde todos parecen conocerse y donde la desaparición de un niño amenaza con sacar a la superficie secretos que llevan años enterrados. La investigación comienza cuando aparece un cadáver en el bosque y pronto encuentra vínculos con un caso ocurrido tiempo atrás, abriendo una trama atravesada por silencios, complicidades y heridas que nunca terminaron de cerrar.
La película se mueve dentro de las reglas del thriller procedimental. Bilski avanza entre interrogatorios, testimonios contradictorios y pequeñas pistas que van revelando las tensiones ocultas de la comunidad. El problema aparece cuando la historia intenta abarcar demasiado. A la investigación principal se suman conflictos familiares, relatos del pasado, figuras de poder local y distintos personajes con sus propios secretos. En lugar de enriquecer el relato, muchas de estas líneas terminan desviando la atención del conflicto central y hacen que la película pierda foco en varios tramos.
Panek encuentra sus mejores momentos en la construcción del entorno. Los bosques de Casubia, las rutas vacías y los interiores poco iluminados generan una sensación constante de inquietud. Hay una idea clara detrás de esos espacios: mostrar una comunidad que prefiere convivir con determinadas verdades antes que enfrentarlas. Sin embargo, la narración no siempre acompaña esa búsqueda. Los saltos temporales y la cantidad de información que se incorpora de manera fragmentada terminan volviendo confuso el seguimiento de algunos acontecimientos, especialmente en la segunda mitad.
Más allá del misterio policial, la película intenta hablar de algo más amplio: de las estructuras de silencio que permiten que ciertos abusos permanezcan ocultos durante años. Esa dimensión social resulta probablemente el aspecto más interesante de la propuesta, porque desplaza la pregunta sobre quién es el culpable hacia otra más incómoda: cuántas personas sabían lo que estaba ocurriendo y decidieron no intervenir.
El resultado es una película que mantiene el interés gracias a su atmósfera y a la investigación que pone en marcha, pero que no siempre logra ordenar todo lo que quiere contar. La acumulación de subtramas y personajes termina debilitando la tensión principal y hace que el relato avance de forma irregular. Los colores del mal: Negro tiene una premisa potente y algunos pasajes efectivos, aunque su tendencia a dispersarse le impide alcanzar la precisión que exige un thriller de estas características. Su balance final es más bien moderado: una continuación correcta, con ideas atendibles, pero lejos de aprovechar plenamente su material.