2026-04-15

Salas

Crítica de “La posesión de la momia”: Una película intrínsecamente desagradable

La posesión de la momia (The Mummy, 2026), dirigida por Lee Cronin, se mueve en ese terreno incómodo donde el espectáculo y la repulsión no sólo conviven, sino que se potencian entre sí.

Un grupo de arqueólogos abre una tumba que no debería tocarse y, con ese gesto mínimo, pone en marcha una cadena de situaciones cada vez más físicas, más viscosas, más difíciles de sostener desde el cuerpo. 

Cronin, que ya venía de trabajar con una lógica de exceso en Evil Dead: El despertar (Evil Dead Rise, 2023), vuelve a apoyarse en una puesta en escena muy consciente de sus herramientas. Hay una búsqueda clara en los encuadres, en cómo la cámara se acerca y se deforma, en esos juegos de profundidad de campo que remiten directamente al pulso físico de Sam Raimi. No es una cita vacía: funciona como una forma de construir incomodidad, de meter al espectador dentro de un espacio que parece respirar y contraerse.

El manejo del tiempo interno es otro de los puntos donde la película encuentra solidez. Los sustos no aparecen por acumulación sino por construcción, con un uso muy preciso del sonido y la música que marcan el ritmo de cada escena. Hay una conciencia bastante afinada de cuándo tensar y cuándo soltar, y eso sostiene la experiencia incluso en los momentos más complicados visualmente.

Lo extremo aca no es un detalle menor: el nivel de gore es constante, insistente, casi obsesivo. No aparece como golpe aislado sino como clima, como textura dominante. Incluso para los habituados al subgénero, hay momentos donde la reacción física se vuelve inevitable. Esa incomodidad, lejos de jugar en contra, termina siendo uno de los motores del disfrute: la película empuja tanto que obliga a entregarse o a rechazarla.

En el plano actoral, el conjunto funciona con bastante equilibrio. May Calamawy y Laia Costa sostienen con naturalidad el registro que propone la película, y hay una buena respuesta también en los intérpretes más jóvenes, que logran integrarse sin desentonar. En contraste, Jack Reynor se mueve en un registro más exagerado, con decisiones gestuales que por momentos rompen la atmósfera y generan un efecto involuntariamente cómico, sobre todo en escenas donde la tensión pedía otro tipo de contención.

Lo que queda flotando es esa dualidad constante entre control formal y desborde sensorial. Una película que se disfruta tanto desde la precisión de su construcción como desde la reacción visceral que provoca, y que probablemente divida según la tolerancia de cada espectador a ese tipo de experiencia. 

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