2017-04-27
Continuará…
Higanjima: Vampire Island
No es la historia más compleja: un grupo de humanos queda atrapado en una isla de vampiros. Uwe Boll ha hecho por lo menos dos o tres películas con la misma premisa. Pero la película dura dos horas y en ningún momento se detiene para que entendamos la causa de lo que está por pasar o apreciemos la repercusión de lo que acaba de pasar.Los héroes son un grupo de adolescentes armados con espadas, arcos y flechas que pelean contra los isleños vampiros y el ocasional ogro digital. El protagonista es Akira, que viste una campera de cuero, camisa de pana asida a la cintura y una bufanda. Sus compañeros tienen un sentido de la moda igual de estridente, mezclando estéticas medievales, barrocas y glam/punk. El villano es Miyabi, un vampiro gratuitamente afeminado (como todos los villanos del anime), y el objetivo de Akira en teoría es matarlo, aunque como ya se especificó no obtenemos nada parecido al placer de un desenlace.La veta emocional supuestamente viene de la mano del enfrentamiento entre Akira y su hermano Atsushi, vampirizado por Miyabi, pero el drama no tiene peso porque no conocemos a ninguno de los dos hermanos ni entendemos sus motivaciones más allá de la bruta oposición. En cuanto al resto del elenco, hay un exceso de personajes superfluos que quizás brillan en algún otro episodio pero aquí rellenan fotos grupales y poco más. Su supervivencia es totalmente irrelevante. Al morir los humanos se convierten en vampiros y los vampiros se convierten en fantasmas; no es lo que se llama una aventura de alto riesgo, salvo para los extras que son incesantemente mutilados por nuestros aguerridos millennials. Higanjima: Vampire Island no deja de ser entretenida en varios puntos por varios motivos; la película es demasiado bizarra para aburrir e inventa algo nuevo cada dos por tres. Algunas partes sugieren una película de miedo o de aventuras y si su sumatoria no equivale a nada de importancia aunque sea por cuenta propia entretienen. Las imágenes computarizadas y los efectos especiales son de una calidad fluctuante, pero no quita que los diseños de los monstruos sean ingeniosos y la acción no esté bien editada.La insistencia de los estudios japoneses en llevar sus cómics y caricaturas a un plano “realista” no deja de ser un poco perturbadora. Lo que se ve bien estáticamente o en dos dimensiones pierde cierta magia (“verosimilitud”) al ser llevado a las tres dimensiones e interpretado con personas de carne y hueso que se ven más ridículas que sus contrapartidas animadas. Higanjima: Vampire Island no es el peor ejemplo y de a momentos emula convincentemente el movimiento y la cadencia de un anime, pero probablemente no tiene nada que envidiarle a su versión animada.
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