Emiliano Basile
20/11/2019 13:56

Resulta llamativo la manera en que Martin Scorsese aborda su primera película para Netflix: hace la película que mejor sabe hacer, y la que el público masivo espera de él: la de gángster. En una suerte de cierre de trilogía sobre el mundo del hampa que comenzó con Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990) y continuó con Casino (1995), y de la que Los infiltrados (The Departed, 2006) puede pensarse como una suerte de spin off, El Irlandés (The Irishman, 2019) es esa misma película que ya filmó pero superada. Scorsese encuentra la forma de hacer una película de autor, propia, personal, y hacer al mismo tiempo una película comercial con el género que mejor domina.

El Irlandés

(2019)

La historia de la mafia que presenta en Buenos Muchachos y sigue en Casino se profundiza con el relato de Frank Sheeran (Robert De Niro), la mano derecha de Jimmy Hoffa, el famoso sindicalista que es leyenda en Estados Unidos por su destino incierto de público conocimiento. Sin romanticismos el personaje interpretado por Al Pacino es el héroe que les aseguró la pensión a los camioneros y es el poderoso que se codea con mafiosos para sostener sus negocios. Con esta historia Scorsese da un paso más allá en su película de mafiosos: la mafia no funciona paralela al sistema sino que es parte estructural de él. La historia de la mafia es la historia de los Estados Unidos para el film, o mejor, la historia de los Estados Unidos de América es una historia de mafias. La visión pesimista de Scorsese sobre el poder cierra de manera épica.

La otra mirada que el director ítalo americano introduce en el film es la reflexión sobre el paso del tiempo. Scorsese, que se acerca a los 80 años como gran parte de su elenco, abre la película con un plano secuencia descriptivo de un geriátrico donde se encuentra su protagonista. El hombre con su narración nos traslada a su época dorada, los idílicos años cincuenta y sesenta, donde se empiezan a gestar los vínculos entre el poder y el mundo del hampa. Asciende de una clase trabajadora gracias a la violencia y termina codeándose con sindicalistas y políticos (hasta presidentes) que requieren de sus servicios.

Todo esto es contado con un ritmo de narración muy ágil, con recursos habituales del director de Taxi Driver (1976) como los travelling descriptivos, los congelamientos de imagen, la violencia irrumpiendo escenas cotidianas, u otros como las placas que anticipan el final de los personajes (una suerte de epígrafe/presentación). Es interesante como el destino de Jimmy Hoffa ya lo conocemos al igual que el de otros personajes, sin embargo, no es un problema para la extensa película develar el destino de los protagonistas. Porque el acento está puesto en el cómo llegaron hasta allí, por eso la película se concibe como un viaje introspectivo al pasado que reflexiona sobre la vejez.

Por último la habilidad de Scorsese para manejar el cast. No hace falta mencionar el nivel de semejante reparto pero si que, nuevamente, el director cumple con la exigencia de la industria (pone a todos los acores habidos y por haber asociados al universo gangsteril) pero explora sus posibilidades con inteligencia. La verborragia de Al Pacino es explotada en el rol del amante de los discursos Jimmy Hoffa mientras que la contención de Robert De Niro se luce en su parco sicario de pocas palabras y acciones violentas. Dos modelos de actuación disimiles entre sí que se complementan a la perfección como pocas veces. Ni hablar del trabajo de Joe Pesci regresando a la actuación después de varios años de la mano del director que le diera un Oscar en 1991.

Por todo esto podemos afirmar que estamos ante la nueva obra maestra de Martin Scorsese, quien aprovecha la ocasión -el proyecto se lo acerca De Niro- para profundizar temas y visión de mundo en una suerte de reflexión personal sobre su Nación en el ocaso de su vida. Una película poderosa, madura e inteligente que solo un grande como Marty puede filmar.

10

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