Nicolás Quinteros
24/03/2019 12:33

Un lugar en el tiempo nos muestra la vida de un pequeño pueblo de la provincia de La Rioja que tiene menos de cien habitantes. Un paraje hermoso, prácticamente desolado que se transforma en una caja de resonancia de los principales problemas que aquejan al interior de nuestro país.

Un lugar en el tiempo

(2018)

“Pinta tu aldea y pintarás el mundo” sostenía León Tolstói. Frase repetida en numerosas ocasiones hasta el hartazgo, la misma recobra todo su sentido en el documental de Nicolás Purdía y Pablo José Rey. A través de algunas de las historias de los habitantes de Santa Vera Cruz, los realizadores nos invitan a reflexionar sobre las tradiciones, la emigración de la juventud, la falta de trabajo, los lazos sociales, la decadencia de la agricultura familiar, el absurdo del sistema democrático y el clientelismo político.

Todos esos temas son abarcados en este documental de observación que acompaña a sus protagonistas en sus vidas cotidianas. La cámara comparte sus reuniones, escucha sus historias, se detiene en los rostros y en las miradas de esos hombres trabajadores.

El pueblo está por desaparecer, por lo menos en su forma tradicional. Ya nadie quiere producir, todos quieren conseguir un puesto en la Municipalidad. Y ahí aparecen los políticos (en una escena de la película aparece el actual gobernador de la provincia, Sergio Casas), una casta social alejada de los ciudadanos. Seres movidos solamente por intereses espurios que visitan los pueblos sólo para conseguir votos, pero nunca para adentrarse en los problemas de sus electores.

El título de la película, Un lugar en el tiempo, parece referir a un momento de la historia argentina que está en peligro de extinción: la desaparición de una matriz productiva artesanal por la del empleo subsidiado por el Estado.

Cuando la política desaparece de la pantalla, vuelven a renacer los lazos sociales, podemos compartir con sus protagonistas esos momentos de intimidad y camaradería, donde surgen las historias, donde aparece la música y las risas. Todo ello en el marco de unos parajes registrados con maestría por Guido de Paula.

Pintar la aldea, como sostenía León Tolstói y como lo hicieron los directores, nos permite expandir nuestro saber sobre la realidad. Y nos invitan a reflexionar sobre el actual estado de nuestro país.

6.0

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