José C. Donayre Guerrero
14/03/2019 14:03

Dirigida por Alejandro Rath (¿Quién mató a Mariano Ferreyra?), Alicia (2018) es una película sensible sobre una situación límite. La historia vira hacia un sentido místico cuando las creencias religiosas y políticas se ponen en juego al acechar la muerte de manera desenfrenada. Una manera de juntar distintos elementos a partir del arte.

Alicia

(2018)

Jotta (Martín Vega) es un muchacho, militante, que vive en Buenos Aires. Está atravesando una situación desfavorable: su madre (Leonor Manso) sufre una enfermedad fatal. Tiene que desarmar la casa donde ella ha estado viviendo mientras los recuerdos de la lucha y militancia compartida se abren de par en par. Jotta desea que su madre muera en la cama de su casa pero tendrá que enfrentarse al hecho de estar hospitalizada. No obstante, comienza una especie de “viaje” hacia la nostalgia y hacia sí mismo, pues tendrá que estar con ella hasta el final y ahí, a la vez, abrir espacio a la sobrevivencia, la abstracción y el mundo espiritual hasta la llegada de la muerte.

Resulta interesante que la película mantiene un límite entre dos formas: La primera es la idea documental que sirva para indagar sobre el sistema médico, el dilema sobre lo público y lo privado, y de las creencias religiosas en el medio social: la peregrinación urbana y el espacio de la iglesia popular. Ambas miradas desde el lado más tradicional.

La segunda es la forma de la ficción para unir estas piezas documentales y darles un cierre en la película. La peripecia de Jotta porque su madre termine sus días en su casa trasladando todo el drama del hospital al hogar es lo que termina por hacer que las dos formas se retroalimenten para dar una mirada profunda y emotiva al conjunto.

Es verdad que resulta arriesgada la comparación entre la muerte de un ser querido con la burocrática dentro de un hospital, y la algarabía del movimiento masivo en las calles y las iglesias populares. Filmar la muerte como lo más directo y concreto resulta llamativo. Así como, al mismo tiempo, tener el riesgo de enmascarar cierta mirada documental desde los ojos de un relato de ficción. La película se enfrenta al desafío y sin duda consigue la emoción necesaria para lo que busca.

Surge su referencia más notoria, señalado por su director, como es Nanni Moretti, pero también hay ligeros acercamientos, obviando las distancias argumentales, con Michael Haneke, Denys Arcand y Alejandro Amenábar. Directores que han ahondado el tema de los pacientes terminales envueltos en un registro documental. Sin duda, al final, el dueto formado entre Jotta y su madre, sin caer de manera excesiva en el melodrama, mantienen el suspenso y cierran de manera justa el arco emocional.

7.0

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