Rolando Gallego
19/11/2018 00:45

En el ADN de los hermanos Luciano y Nicolás Onetti se encuentra el mejor cine de terror de los años setenta, un cine que no solo no asusta sino que además se vale de elementos hiperbolizados y que en sus pésimos decorados, actuaciones exageradas -que lindan el ridículo- y una puesta ambiciosa pero fallida, fueron estableciendo virtudes recuperadas de manera metafílmica.

Abrakadabra

(2018)

Abrakadabra (2018), nueva propuesta de los directores, potencia aquellos índices que Sonno Profondo (2013) y Francesca (2015) enunciaban desde del giallo, configurando una trilogía que se completa con esta tensa narración. En las anteriores películas sus historias tortuosas, la plasticidad cinematográfica, la distorsión de imágenes, y la creación de un falso doblaje, que expulsa la sincronicidad de labios y audio para producir extrañamiento, en este caso se agrega la magia como tema narrativo.

De por sí los adivinadores se inscriben dentro del arte del engaño para producir resultados sorpresivos sin medir la repercusión que para algunos puede significar. Los realizadores son hábiles en el mismo sentido, ya que, con pocos elementos y un presupuesto austero, falsifican la esencia de un género que es disfrutado por una gran cantidad de fanáticos.

En Abrakadabra, el protagonista es presentado como un burlador burlado, y a medida que pasan los días, los sangrientos asesinatos construyen una realidad de la cual -inevitablemente- este hombre no puede escapar ni aun ordenando los momentos previos al descubrimiento de los cuerpos mutilados. Si bien por momentos la trama se fractura, el seguimiento del personaje central, perdido entre noticias y sangre, hacen recuperar el norte al relato.

Los Onetti apuntan a un público específico, conocedor del género, al cual le acercan una estilizada, plástica y dinámica película. La banda sonora comparte, además, la gracia del sintetizador como impulsor melódico, que en los tonos más graves acentúa la llegada de situaciones que lindan con el ridículo pero que en el placer de género -culposo, fetichista- se consolida una manera de entender al cine con gran virtuosismo, pasión y amor por lo que se cuenta.

6.0

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