Denise Pieniazek
31/10/2018 14:36

Después de algunos avatares en el rodaje, por fin ha llegado Bohemian Rhapsody (2018), biopic del carismático Freddie Mercury que relata gran parte de la historia del grupo musical Queen. A pesar de centrarse en el vocalista del grupo, este largometraje dirigido por Bryan Singer -Los sospechosos de siempre (The Usual Suspects, 1995), X-Men (2000)- otorga gran lucimiento y protagonismo a cada uno de los integrantes del conjunto: Brian May, John Deacon y Roger Taylor, mostrando el trabajo en equipo de estos jóvenes creativos, talentosos e innovadores, quienes fueron un paso más allá pensando también en el público, y su participación dentro de los recitales.

Bohemian Rhapsody

(2018)

Bohemian Rhapsody inicia en los momentos previos al Live Aid en 1985, el histórico concierto a beneficio del que Queen formó parte, que marcó un antes y un después no sólo en la agrupación, sino también en la historia de la música. Este concierto funciona como apertura y clausura del relato, dándole una estructura cíclica que resulta más que efectiva. En el medio, un flashback sitúa la narración en 1970 para contar los comienzos de Queen y su rápido ascenso y popularidad de forma entretenida, mediante sensaciones cambiantes e incluso, una pícara comicidad acertada y eficaz. La película recorre como un clásico relato griego el camino del “héroe”, mostrando el rápido ascenso y la soberbia (hybris) a principios de los ´80 de Mercury -sus excesos que remiten inmediatamente a la estética de los dibujos de Tom of Finland- y su posterior redención o reconocimiento (anagnórisis).

Este retrato de Freddie Mercury muestra varias aristas de su personalidad sin idealizar sino comprender, admirar y respetar su personalidad. La película narra por un lado la intención de Mercury de renegar de sus orígenes indios, pero por el otro, de identificarse excéntrico y diferenciarse de las multitudes. Un rebelde en sí mismo que, sin embargo, quería ser aceptado por la sociedad inglesa.

La interpretación de Rami Malek es sorprendente a nivel corporal y expresivo. En ella, vemos al actor y al personaje al mismo tiempo, es decir, no olvidamos que es Malek pero al mismo tiempo es Mercury, tal como sucedía en Gilda: No me arrepiento de este amor (2016) con Natalia Oreiro. En algunas escenas en las que Malek está de espaldas causa impresión ver a Mercury en ese cuerpo. Es pertinente aclarar que Malek no canta sino que hace playback durante las canciones, como una forma de reconocer la personalidad única de la voz de Mercury y como decisión estética de distanciarse de la mera imitación.

Mientras que los críticos norteamericanos han tildado de “idealizada” a la película, se la considera en oposición una representación sensible que no cae en lugares comunes. Tampoco en la necesidad de dar explicaciones utilizando el poder de la sugerencia, sobre todo con respecto a la sexualidad de este hombre que supo ser más que un compositor, cantante, músico e intérprete. En definitiva, un inigualable performer, un verdadero showman.

10

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