Felipe Vicente
19/04/2018 15:20

Marcos Loayza despliega todo su talento en Averno (2018). La película que participó del festival de Punta del Este y ahora lo hace en (20) BAFICI, provoca una ruptura en el cine boliviano. Esta travesía urbana de ritmo arrollador que atraviesa la noche paceña se convierte (junto a Viejo Calavera, 2017) en exponente y estímulo para la cinematografía latinoamericana, que avanza con historias y símbolos propios.

Averno

(2018)

7 cajas (2012), Viejo Calavera (2017), Gloria (2014), Una mujer fantástica (2017), Aquarius (2016), El abrazo de la serpiente (2016). Podría hacerse todo un simposio acerca del avance creativo latinoamericano en conjunto. Averno llega contagiando la solidez que van construyendo las películas de la periferia del continente americano. Este film que arranca con el joven lustrador de zapatos Tupah y el encargo de encontrar a su perdido tío, deviene en una odisea urbana que posee todas las condiciones para llevarse el galardón de la competencia latinoamericana.

El director que llegó a filmar en Argentina (Escrito en el agua, 1997) elabora una fábula social que concentra su energía en la nobleza de su personaje principal y sus aventuras por las calles de La Paz para llegar al averno, esa especie de boliche metafísico donde habitan almas, personas y sus opuestos. Los agentes nocturnos de este territorio andino no le hacen nada fácil el camino al muchacho. En consecuencia, deberá atravesar la noche por los pasajes más oscuros de los barrios.

Bandas callejeras, peleas al estilo vale todo, un asesino despiadado y hasta la representación del mismísimo diablo (quien intentará hacerle firmar un papel que supuestamente garantiza la entrada al averno) son algunos de los seres que intentan arrebatarle la osadía a Tupah. El trabajo sobre el personaje interpretado por Paolo Vargas suscita las características más fieles que puede cargar el hombre. La temeridad y valentía van in crescendo hasta despertar toda la fuerza del joven.

Aunque la película tiene tonos de fantasía y acción, es recurrente durante todo el relato pensar que existe una representación social que conceptualiza la Bolivia urbana. Mas allá, se trata de interpretar esa Latinoamérica llena de peligros, encausada, a su vez, en ideas de mitos bolivianos. Como sucede en Viejo Calavera, el lenguaje y dialéctica andina proliferan gracias a los diálogos. También, encuentran su espacio hasta ponerle condimento al lunfardo boliviano. Así aconteció tiempo atrás con las tonalidades del acento italiano en el neorrealismo, ahora el director intenta capitalizar las múltiples lenguas que se hablan en el idioma de su país.

Las máscaras, disfraces y elementos de la era precolombina que rodean al film decoran un relato dedicado a la cultura boliviana. Asimismo, el desempeño de fotografía a cargo de Nelson Wainstein resalta estos objetos puestos a merced de la noche que contrasta con las luces de la ciudad de la Paz. El ritmo de alto vuelo que imprime la película es posible gracias al laborioso montaje, custodiado por Fabio Pallero.

El momento más prolífero llegó para las cinematografías adyacentes. Averno servirá para que otros talentos se hagan eco y repliquen estas historias originarias de sus propias latitudes. La necesidad de escribir la propia historia se calienta dentro de este enorme caldo cinematográfico.

9.0

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