Benjamín Harguindey
28/02/2018 14:24

Al lado del panteón de brujas, vaqueros, payasos, mutantes, satanistas, santeros, fantasmas y todo tipo de freaks del cine de Alex de la Iglesia, su más reciente película Perfectos desconocidos (2017) es su obra más mansa y complaciente. Es una remake de la italiana Perfectos desconocidos (Perfetti sconosciuti, 2016), acerca de un grupo de amigos que se junta a cenar y la cizaña que se arma cuando comparten los secretos de sus celulares en la mesa. La adaptación una comedia divertida y a veces astuta pero se queda lejos de la usual mordacidad e irreverencia del cineasta español, y por ello no termina de justificar su existencia.

Perfectos desconocidos

(2017)

La premisa reúne a tres parejas en un penthouse en Madrid, fatídicamente durante un eclipse que deja a la luna ensangrentada. Los anfitriones son Eva y Alfonso (Belén Rueda y Eduard Fernández), que están discutiendo de entrada; se les suman Antonio y Ana (Ernesto Alterio y Juana Acosta), que van discutiendo en el camino, y los recién casados Eduardo y Blanca (Eduardo Noriega y Dafne Fernández). Finalmente llega un séptimo amigo, Pepe (Pepón Nieto), sin pareja.

La pregunta que hace la película - y nunca responde, porque la respuesta es más que obvia - es si la ubicuidad del celular y la vida digital crea problemas o los esconde. Blanca, joven, inocente y desesperada por ser aceptada en el círculo de amigos propone un juego: todos dejan su celular en la mesa y se exponen a revelar sus secretos. Si llega un mensaje de texto, lo leen en voz alta; si alguien llama, lo ponen en altavoz. Eva lo compara a una ruleta rusa, pero todos se suman al juego. Rehusar sería prácticamente confesar todo tipo de culpa.

Se empieza por revelaciones bastante casuales - correos y mensajes con información que al dueño no necesariamente importa mucho pero que convoca opiniones que no son bienvenidas - hasta que llegan los mensajes ambiguos y las llamadas inoportunas. La gracia está en cuan desesperados se vuelven sus intentos de maquillar la obvia verdad, y la forma en que las mentiras se van apilando y van acomplejando la actuación de cada uno de los comensales.

La película se estructura y avanza como una obra de teatro a medida que la superficial cordialidad entre los amigos y las parejas se va degenerando por la sospecha, la vergüenza, la recriminación y finalmente la bronca. En este sentido es muy parecida a Un Dios Salvaje (Carnage, 2011): el humor se divide entre el placer sádico de ver a un grupo de personajes intentar desesperadamente mantener la civilidad contra toda pulsión y el masoquismo de imaginarse en una situación parecida.

Como la mayoría de estas ficciones teatrales, el final siempre es un problema - no es fácil dar con una conclusión satisfactoria para lo que ha sido puro paroxismo. A esto se suma la decepción de que algunos de los personajes son desperdiciados con salidas tempranas y la historia nunca se complica tanto como amaga en un principio (en la nada queda el cuchillo que un personaje planta cual advertencia). Hay una corriente de histeria muy a lo Alex de la Iglesia, pero nada que permee la burguesía de sus personajes o la trama. Así que por más entretenida que resulte la historia no lleva del todo su temática al límite y el giro del final ralla la estafa.

7.0

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