Emiliano Basile
27/06/2017 21:56

Muchas películas han representado el dolor por la pérdida de un familiar de diferentes maneras. Desde Ella se fue (Grace is gone, 2007) pasando por La memoria del agua (2015) hasta Manchester junto al mar (Manchester by sea, 2016) el abanico es amplio pero nunca un film se animó a combinar drama y humor de forma tan ridícula y esperanzadora al mismo tiempo. La israelí Una semana y un día (Shavua ve Yom, 2016) fusiona humor y drama sin igual.

Una semana y un día

(2016)

Esto no quiere decir que el film dirigido y escrito por Asaph Polonsky no sea un retrato duro sobre el cáncer y sus consecuencias, anclado en el drama de una pareja que perdió a su pequeño hijo -a quien no vemos nunca en imagen, salvo una foto de espaldas- y acaba de terminar el shiva, la semana de duelo posterior al funeral. La acción arranca después del ritual judío sin que veamos el hecho trágico, y nos introduce de lleno en el devenir de Eyal (Shai Avivi), y en menor medida, de su mujer (Evgenia Dodena). Por razones lógicas la pareja sigue caminos diferentes, mientras ella vive el duelo de forma racional y madura, él lo hace de manera impulsiva e inmadura, comportándose incluso como un imbécil en varias oportunidades.

Eyal mantiene una emoción violenta en su interior que lo lleva a deambular erráticamente. Pero lejos de deprimirse decide fumar marihuana con su vecino adolescente, abofetear a su vecina por sus efusivos gemidos que se escuchan desde su casa o patear un taxi en señal de disconformidad con el valor cobrado. Síntomas de extraña catarsis que experimenta el personaje.

Una semana y un día sigue el conflicto interno de su protagonista, el típico relato de viaje introspectivo por el cual un personaje pasa de un estado emocional a otro. En el camino se relaciona con su vecino Zooler (Tomer Kapon), el segundo gran personaje de la película, y con la pequeña amiga de su hijo fallecido con quienes interactúa en su periplo y logra atravesar la experiencia traumática. En ellos está la ternura, inocencia y carisma de la película que pone a Eyal como un personaje maldito y divertido a la vez.

La historia narra lo inenarrable, y con ella la imposibilidad de establecer tiempos y espacios para desarrollar el dolor interno y personal de cada ser. El afuera y el adentro, la habitación del hijo, el cementerio, son la manera de escenificar el duelo geográficamente, mientras que el tiempo está en el mismo título, como si fuera suficiente el establecido socialmente. Para superarlos existe el encuentro con el otro, a veces violento, a veces gracioso, a veces ridículo. Una semana y un día expresa tal catarsis con ternura y un sentido del humor pocas veces visto.

8.0

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