Juan Pablo Russo
04/06/2017 15:50

César González (¿Qué puede un cuerpo?, Diagnóstico esperanza, Exomologesis) es un cineasta atípico dentro de la maraña que agrupa al cine argentino. Su filmografía es urgente, de una inmediatez que no puede esperar los tiempos del cine. Sus historias interpelan la realidad social de aquellos que se mueven dentro de un mundo que gran parte de los cineastas solo conoce por la televisión, a través de una mirada, en algunos casos sesgada, en otros políticamente correcta. Aunque la mayoría de las veces estigmatizada por el desconocimiento y el morbo.

Atenas

(2017)

La mirada que tienen las películas de César González es contraria a la visión distante que el cine tiene de cierto sector social. La miserabilidad es un tema que les fascina a los jóvenes directores y programadores de festivales europeos. Miseria en la que les encanta regodearse. Pero González le escapa a ese regodeo, a esa miseria. Sus películas son (sobre) marginales pero tiene en claro que mostrar, donde poner la cámara y en que momento cortar.

En Atenas (2017), su cuarta película, mantiene la misma línea de sus antecesoras. Vuelve a meterse con el tema de la marginalidad, pero no abordándola como algo vacío sino desde aquellas situaciones que la originan. Acá la protagonista es una mujer, una chica de veinte años que acaba de salir de la cárcel en libertad condicional. Sin familia, amigos, ni nadie en este mundo que la espere deambulará por las calles del conurbano bonaerense hasta que otra mujer, en condiciones parecidas a las de ella, le tienda una mano.

La obra de González está circundada por el riesgo. No sólo en los temas que elige, también en las formas. En Atenas hay una especial preocupación por la cuestión de género y la violencia sobre la mujer. Violencia en todo sentido. Desde la estatal hasta la machista, porque violencia no solo es un golpe. La violencia se manifiesta de mil maneras diferentes y esa es la clave de Atenas. La violencia sobre las mujeres está implícita en toda la película. No hay necesidad de explicitarla, de mostrar todo, de decirlo. Muchas veces ni siquiera hay necesidad de que esté presente para que González logre capturarla.

La estética de Atenas no es prolija, más bien sus imágenes destilan crudeza. No hay una imagen estilizada sino todo lo contrario. Esto la hace más real, más cercana a los personajes que retrata y al mundo en el que habitan. Hay una cercanía al cine de José Celestino Campusano en cuanto a modos y formas, aunque llamativamente González todavía no tenga ese reconocimiento festivalero y de crítica que supo conquistar el realizador de Vil Romance y Fantasmas de la ruta.

Si hay algo que se destaca en la puesta en escena de Atenas es la sensibilidad de un director que entiende a sus personajes y la honestidad para retratar sus virtudes y miserias dentro de una sociedad en donde todos somos héroes y villanos.

7.0

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