Ezequiel Obregón
04/01/2017 12:27

La película de Hèctor Hernández Vicens se concentra en qué sucede cuando una estrella de cine dada por muerta (la Anna Fritz del título) se manifiesta viva.

El Cadáver de Anna Fritz

(2015)

El Cadáver de Anna Fritz (2015) se estrena con algo de retraso en Argentina. Presentada en el Festival de Cine de Sitges, esta película podrá rememorarle al espectador aquel ciclo de unitarios llamado Tiempo final, en donde en tiempo real se narraba algún suceso oscilante entre el suspenso y el terror. Si no fuera porque el esquema dramático ya fue muy transitado, se podría decir que la película de Hèctor Hernández Vicens tiene la vocación de experimentar con el tiempo y el espacio, en este caso muy reducido: la morgue, y las dependencias hospitalarias que la rodean.

Pau (Albert Carbó) es el empleado de la morgue a la que llega el cuerpo de la megaestrella Anna Fritz (Alba Ribas), a quien una serie de voces extraídas de segmentos periodísticos la describen como una suerte de Penélope Cruz (por dar un ejemplo). Un dato que la prensa ignora es a dónde fueron a parar sus restos (el primer punto débil del guion); pero Pau lo sabe y no tarda en decírselo a sus dos amigotes de juerga, quienes antes de ir a bolichear deciden ir a ver ese “tesoro mortal” al que, claro, desean encontrar desnudo. Pero ese cuerpo muerto captura algo más que una simple atención en los tres jóvenes. ¿Qué sucedería si se la “tiraran”? ¿Qué tan mal estaría? La idea prende mecha en dos de ellos (el guión se reserva un punto de vista moral en uno de los muchachos), quienes se turnan para cometer el acto necrófilo. Lo que sigue es bastante predecible: Anna Fritz no estaba muerta y, una vez que ponga en evidencia su condición vital, generará un dilema: ¿dejarla viva y afrontar la denuncia, o asesinarla pues, total, todo el mundo la dio por muerta?

El film de Hernández Vicens luce tan esquemático como la distribución de miradas que se suscita en los hombres, a partir del ultraje de ese cuerpo: la mirada egoísta, la culpógena, la “criminalizadora”. Las actuaciones son correctas, y el personaje de Iván está muy bien encarnado por Cristian Valencia; su criatura hegemoniza buena parte de las tensiones por ser el más revulsivo e inmoral de todos, cualidades que el actor transmite con convicción. Más allá de esa dialéctica, el guion no es demasiado inspirado y tiene varios puntos débiles. No obstante, en sus compactos setenta y pico de minutos, la propuesta consigue generar buenos climas, y si el resultado final se resiente un poco es por la escasa inventiva de la puesta en escena, que encuentra su momento de mayor impacto recién hacia el final.

6.0

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