Ezequiel Obregón
24/11/2016 12:00

La película de Jonás Trueba (quien ya había llamado la atención con Los exiliados románticos) nos presenta el reencuentro entre Olmo (Francesco Carril) y Manuela (Itsaso Arana), quince años después de haber tenido un romance en la adolescencia. Se trata de una película que mezcla naturalidad y nostalgia, con un estupendo resultado.

La reconquista

(2016)

Ellos ya llegaron a los treinta. En la mitad de sus vidas, tuvieron ese recordado y definitorio primer amor. En el presente, ella regresa de Buenos Aires (vive allí y trabaja como actriz) para pasar las Fiestas con su familia madrileña. La reconquista (2016) sigue el encuentro entre Olmo y Manuela en el lapso de una tarde y una noche entera. El parangón más claro en cuanto a la estética del film nos lleva directo al cine de Eric Rohmer y Richard Linklater (las caminatas, los espacios públicos, la ciudad como telón de fondo, los diálogos extensos y, claro, la nostalgia). Pero lo cierto es que la película de Jonás Trueba brilla con luz propia.

La película tiene tres momentos centrales: el tiempo que pasan juntos Olmo y Manuela; el momento en el que él vuelve a su casa, por la mañana, y se encuentra con su actual pareja; y un flashback que nos sumerge en el pasado en común de los protagonistas. Cada una de esas instancias del relato es sobresaliente. Como si se tratara de un orfebre del tiempo, Jonás Trueba no introduce en el film datos “para unir partes”; cada pista alcanza una ligazón sutil, algo que se aprecia tanto en los diálogos como en la dialéctica entre pasado y presente. De hecho, esas cualidades se observan también en la elección de los adolescentes que interpretan a la pareja quince años atrás. No sólo son muy parecidos, sino que además consiguen trasmutar esas emociones que, de alguna forma, persisten en los adultos.

La reconquista es una película sencilla en apariencias. A no confundirse: su “sencillez” es, esencialmente, una marca de producción (pocos actores, pocas locaciones). Su enorme complejidad está dada por la naturalidad de las secuencias, dotadas de un gran espesor poético en cuanto al trabajo con los diálogos, las referencias literarias, la presencia del género epistolar como modulador del tiempo, la delicadísima banda sonora y las reminiscencias a partir de los sentidos (a lo auditivo y visual hay que agregarle el olfato y el gusto, como dos pistas claves para sumergirse en el universo de Olmo y Manuela). Se trata de una película plena en romanticismo para nada ramplón; una de las apuestas más interesantes de la Competencia Internacional de este 31 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

9.0

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