Benjamín Harguindey
19/08/2015 14:00

¿En qué beneficia a La sal de la tierra (The Salt of the Earth, 2014) constituirse en formato cinematográfico? La mayoría de la película consiste en una gran presentación de diapositivas – un PowerPoint sobre la obra del fotógrafo Sebastião Salgado, foto por foto. ¿Por qué subyugar la fotografía al cine si no se van a utilizar los recursos de uno para contar lo que no podemos con el otro?

La sal de la tierra

(2014)

Salgado es el primero en ser acreditado al final de la película (“fotografías de”). Luego se acreditan dos directores: su hijo Juliano Ribeiro Salgado, quien aporta video documental sobre las expediciones fotográficas de su padre, y Wim Wenders, quien no es extraño a los retratos cinematográficos y aquí hace tan buena labor como en cualquier otra de sus películas a pesar de aplicar un método muy distinto al usual.

Típicamente la personalidad de Wenders domina una película que debería tratar sobre otra persona. Nicholas Ray, director de cine. Yohji Yamamoto, diseñador de moda. Ry Cooder, músico de. roots. Pina Bausch, bailarina y coreógrafa. El documental siempre habla tanto del sujeto como de Wenders. Pero por esta vez la cinta es primero y principalmente del sujeto.

Nacido en Brasil y radicado en Francia, Sebastião Salgado decide en los 70s dejar una carrera en economía y dedicarse a la fotografía. Recorre cientos de países durante los siguientes 40 años. La película lo sienta en un cuarto oscuro, frente a una proyección dinámica de sus fotos. Él provee la mayor parte de la banda sonora, que consiste en reflexiones – a menudo en clave penosa – sobre su trabajo.

Salgado se especializó en retratar la miseria humana. Sus detractores lo acusaron de embelezarla. La forma en que compone sus fotografías siempre otorga dignididad al sujeto – nunca lo patetiza. Y las escenas son tan surreales como esquirlas del Bosco, o un viaje río abajo hacia el corazón de las tinieblas. El campo semántico de su obra son los seres desorientados, los cuerpos raquíticos, los muertos de hambre, los túmulos de cadáveres. Retrató la hambruna en el Sahara, la masacre de los Tutsi en Ruanda, la quema de los fosos petrolíferos en Kuwait. Parece haber atestiguado cuanta hecatombe es humanamente posible sin convertirse en Kurtz.

El documental cuenta con el crudo impacto de la fotografía de Salgado, la cual es terrible y preciosa y eleva preguntas de índole ideológico de las que la película no se hace cargo. El final del film es repentinamente ecológico y postula una antítesis inesperada pero bienvenida, la cual pretende devolver al espectador la fe que perdió en los previos 90 minutos de sufrimiento humano. No le sale nada mal. 

8.0

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