Benjamín Harguindey
09/04/2015 14:04

Algunas películas producidas en el reino de los “hechos reales” se basan en personas. Algunas otras se basan en lo que estas personas hicieron. Y algunas otras se basan exclusivamente en qué fue lo que les pasó, como es el caso de Walter y Margaret Keane, el infeliz matrimonio que protagoniza Big Eyes (2014), la nueva película de Tim Burton. El título alude al rasgo distintivo de las pinturas Keane: niños dotados de enormes ojos y su efecto repelentemente kitsch.

Big Eyes

(2014)

Walter y Margaret reciben su lugar en la historia – o al menos en Wikipedia – porque durante diez años (1955-1965) Margaret pintó cuadros (de cuestionable mérito artístico) y Walter, además de venderlos y convertirlos en una sensación pop digna del comentario de Andy Warhol, se acreditó como el artista responsable. Por qué Margaret permitió que esto ocurriera es un misterio, en parte explicado por la recalcitrante misoginia que imperaba en los ‘50s y a la cual adscribían hombres y mujeres por igual, en parte debido al débil carácter de Margaret, cuya versión fílmica es detestablemente pasiva así como Walter es detestablemente agresivo.

Walter y Margaret no son, sorpresa, interpretados por Johnny Depp y Helena Bonham Carter, sino por Christoph Waltz y Amy Adams. En muchos sentidos Big Eyes rompe con el patrón según el cual Tim Burton ha estado calcando sus películas durante la última década, y nos remite al colorido mundo suburbano de El Gran Pez (Big Fish, 2003) y aunque sea temáticamente a la biopic estilo Ed Wood (1994). No es, de ninguna forma, tan buena como esas películas, pero ciertamente es de lo mejor que ha producido en los últimos tiempos.

Dado que la película se construye entorno a un extraordinario caso de fraude, debe terminar más o menos predeciblemente con un juicio, el cual para variar resulta divertidísimo y Waltz – defendiéndose a sí mismo – se roba la escena haciendo payasadas dignas del personaje de Leonardo DiCaprio en Atrápame si puedes (Catch Me If You Can, 2002). En cierto sentido éste representa tanto el punto fuerte como el punto débil de la película: son los actores y no los personajes que interpretan quienes acaparan la atención.

La película no tiene nada particularmente profundo para decir sobre Walter y Margaret, quienes son por sí solos personajes bastante maniqueos, como salidos de una fábula burtoniana. Margaret es una intachable romántica que se deja obnubilar por los frívolos relatos parisinos de Walter, cuya sonrisa escuálida y grotesca obsecuencia (Waltz haciendo lo que sabe hacer mejor) hacen poco por esconder el monstruo que lleva dentro. Hay algo casi titiritesco en la forma en que se establece el primer acto, de manera que el resto de la película confirma todo lo que inferimos sobre Walter y Margaret de entrada.

El resto del elenco está compuesto por personajes típicos en biopics sobre artistas pioneros: el mecenas que accidentalmente descubrió al artista, el pomposo dueño de galería que rechazó al artista, el crítico conservador que opuso la popularidad del artista, etc. Waltz recibe más cámara y oportunidades para brillar que Adams, e irónicamente le termina robando la película (el juicio del final nomás vale el precio de admisión), aunque los dos están muy bien como las mitades de una pareja fraguada en el infierno suburbano.

A fin de cuentas, Big Eyes logra ser interesante a raíz del equivalente a una nota al pie de página en la historia del arte, y mantenerse así de interesante gracias a la competente dirección de Tim Burton y la teatralidad de sus protagonistas. En cierto sentido es la película que Margaret Keane se merece: ni audaz ni profunda, dominada por la figura de su marido, y dentro de todo una experiencia sumamente complaciente con el público.

7.0

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