Benjamín Harguindey
24/03/2015 12:26

Vicio Propio (Inherent Vice, 2014) es una fascinante película bellamente compuesta por Paul Thomas Anderson, un director a quien vale la pena seguir porque su trabajo cuando menos es siempre interesante. Es de lo mejor que ha producido Estados Unidos a nivel autoral en los últimos años, a la par de Christopher Nolan y David Fincher. Pero su nueva obra sufre el mismo problema que su última película, The Master (2012): presenta un mundo atractivo y enigmático, pero no se juega por consolidar una idea clara entorno a nada.

Vicio Propio

(2014)

La trama – adaptada de la novela homónima de Thomas Pynchon y ambientada a principios de los ‘70s – podría describirse como “film noir existencial”. Hay un detective de medio pelo (Joaquin Phoenix) y una fogosa damisela en apuros (Katherine Waterston), la cual desaparece al día siguiente de pedirle ayuda, como suelen hacer las damiselas. A grandes pinceladas, la película trata sobre los intentos del detective de encontrar a la chica. Pero Vicio Propio está hecha de grandes pinceladas, y al cabo de 2 horas y media la película se siente más un collage de ideas generales que una tesis con una dirección en particular.

De alguna manera ésta es la versión seria de El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998) de los hermanos Coen, la cual a su vez se inspira en El largo adiós (The Long Goodbye, 1973) de Robert Altman, basada en el relato homónimo de Raymond Chandler. Nuestro detective se la pasa merodeando por Los Ángeles, catando drogas y relacionándose con el elemento marginal de la sociedad. Su trayectoria tiene la consistencia de una pelota de pinball: rebota de una escena a otra sin motivo o conexión aparentes.

En el camino se asocia con un zoológico de personajes cuyo rasgo distintivo es la ridícula conjunción entre su nombre, su profesión y su trastorno obsesivo-compulsivo: Pie Grande Bjornsen (Josh Brolin), policía con una curiosa fijación oral; Sauncho Smilax (Benicio Del Toro), abogado marítimo marca Gonzo; Coy Harlingen (Owen Wilson), saxofonista e informante policial; Rudy Blatnoyd (Martin Short), dentista narcotraficante; etc. Todo muy pintoresco en un nivel superficial. La película se la pasa introduciendo personajes hasta el final, pero nunca logra nada interesante con ellos.

Altman reflexiona sobre el arcaísmo de los valores de antaño, los Coen ironizan con cariño. Nunca queda claro a qué apunta Anderson. Quizás quiere retratar el revés social que ocurrió a principios de los ‘70s, así como su anterior Boogie Nights: Noches de placer (1997) retrata el final de la era. Y su idea es presentar un mundo absurdo, lleno de inquietud y remordimiento existencial. Lo logra hasta cierto punto. El humor y el drama coexisten incómodamente, y hay una sensación de “pretensión” que le película jamás termina de conciliar con lo que tiene para mostrarnos.

Paul Thomas Anderson nos demuestra nuevamente que es uno de los directores modernos más interesantes que ha sacado Hollywood en limpio, pero Vicio Propio parece más una tormenta de ideas que una película con una propuesta concreta. Deja la sensación de que podría haber sido algo magnífico en vez de meramente llamativo.

7.0

Comentarios