Emiliano Basile
19/03/2015 16:36

Si el cine se trata de transmitir emociones mediante imágenes y sonidos, Xavier Dolan es uno de los últimos genios que ha dado el séptimo arte. Claro que la fascinación que sus films despiertan, viene dada por su espíritu posmoderno también vigente en Mommy (2014), su quinto largometraje en el que vuelve sobre un adolescente en crisis y su enfermiza relación con su madre, como en su primera película Yo maté a mi madre (J'ai tué ma mère, 2009).

Mommy

(2014)

Quien no haya visto el film podría pensar en una historia similar a la película Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011). Pero no, Dolan es Dolan y su universo es tan personal como posmoderno. Diane/Die (Anne Dorval) se muda con su problemático hijo adolescente, Steve (Antoine-Olivier Pilon), a un nuevo vecindario en donde sólo se tienen el uno al otro para reiniciar sus vidas. En el plano afectivo aparece Kyla (Suzanne Clément), la vecina de enfrente, una ama de casa que encuentra un poco de aire en su rutinaria vida familiar al relacionarse con sus vecinos. Entre los tres encontrarán un armonioso equilibrio.

Lo curioso de Mommy es que Dolan sale en apariencia del universo adolescente que caracteriza su filmografía. Pero en realidad no sale en absoluto. Los personajes de la película más allá de Steve, se conectan con su lado juvenil (con el deseo, con el placer). Su madre intenta conseguir trabajo inútilmente, y recae en la sobreprotectora dependencia para con su hijo, que sufre un trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Por su parte Kyla, la vecina, se separa de su cómodo confort burgués al relacionarse con ellos, explorando su costado menos correcto pero más placentero, y así juegan a ser felices. Este vínculo asociado también al postmodernismo es tan fuerte como efímero, de ahí la contradicción de Daine: ama a su hijo pero se le torna un obstáculo en su búsqueda de deseo personal. No por nada la película busca las causas del desorden psicológico de Steve en la relación con su madre.

Mas allá de las interpretaciones que puedan hacerse, el acento de Dolan está siempre en la forma en que construye sus films: forma que habla del contenido, con el fin de graficar el conflicto interno de sus personajes. Todo el dispositivo cinematográfico está en función de exteriorizar sus estados de ánimo. De este modo veremos una narración fragmentada, planos cortos de rostros, junto a un montaje por momentos vertiginoso, al igual que el atractivo fuera de foco, la música pop y hasta el cambio de formato del film. Recursos que, junto al uso expresivo de la lluvia, la luz, y el sonido directo -que aparece y desaparece a su antojo- producen un deleite audiovisual en el espectador.

De esta manera el director de Los amores imaginarios (Les amours imaginaires, 2010) vuelve a filmar un diagnóstico de época, con sus vínculos enfermizos al interior de sus hogares, replicados al exterior de los mismos. Vale pensar el lugar que juegan los espacios de consumo ligados a episodios traumáticos, o en veredas opuestas, los escenarios al aire libre donde se está hablando de una u otra manera de "liberarse". Dolan gira alrededor de sus criaturas, entra en sus cabezas y corazones, los describe desde sus puntos de vista y sensaciones de modo que, el espectador pueda conocerlos y entenderlos, aunque no siempre justificarlos.

Mommy logra ser un retrato generacional, en cuanto film posmoderno que es: genera placer sensorial con su tratamiento visual y sonoro, mientras expresa problemáticas y consecuencias psicológicas contemporáneas.

9.0

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