Benjamín Harguindey
06/11/2014 12:08

Interestelar (Interstellar, 2014) es la película más grande, larga y épica de Christopher Nolan, lo cual es mucho decir teniendo en cuenta que el hombre dirigió El Origen (Inception, 2010). Pero como su antecesora, a pesar de un increíble potencial heurístico, Interestelar carece de verdadera ambición. Empuja los límites de la imaginación pero no está interesada en explorarlos ni desarrollarlos más allá del confort del espectáculo.

Interestelar

(2014)

La Tierra está muriendo. Una plaga de hongos parasíticos ha contaminado las plantaciones del mundo, y las tormentas de polvo azotan regularmente, enfermando a la gente de silicosis. Cooper (Matthew McConaughey) es uno de los miles de ciudadanos de Texas que se ha volcado a la agricultura en un fútil intento por combatir la hambruna. Lo hace con reticencia: solía ser piloto para la NASA, y ahora que ha enviudado le desea a sus hijos Tom (Timothée Chalamet) y Murph (Mackenzie Foy) otro futuro que la raída granja familiar.

Por una serie de coincidencias extraordinarias (e improbables), Cooper llega a las puertas de su viejo mentor de la NASA, el profesor Brand (Michael Caine), quien le implora que comande – sin ningún tipo de entrenamiento o preparación – una expedición intergaláctica a través de un agujero negro en busca de un nuevo mundo para colonizar y así salvar a la humanidad de su extinción. Plan A: encontrar uno y regresar con la noticia. Plan B: en vez de regresar, quedarse y engendrar la continuación de la raza humana in vitro. Cooper accede a comandar misión, conformada por la hija de Brand, Amelia (Anne Hathaway), los científicos Doyle (Wes Bentley) y Romilly (David Gyasi), y un extrañísimo dúo robótico que parece la cruza entre el monótono HAL 9000 y el diligente R2-D2.

Es imposible para una película de ciencia ficción hecha luego de 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) soslayar la influencia del colosal opus de Stanley Kubrick a la hora de retratar “la última frontera del espacio”. Pero Interestelar hace poco para evitar las comparaciones, y directamente calca sobre 2001: Odisea del espacio: el crescendo sinfónico al final de “Así habló Zaratustra”, la fuga psicodélica del viaje a través del continuo espacio-tiempo, los intensos primeros planos que retratan la reacción de nuestro protagonista, los sarcófagos criogénicos de la tripulación e incluso uno o dos pseudo monolitos.

La película ostenta un método científico en su planteo de colonizar nuevos mundos, el funcionamiento hipotético de un agujero negro y la posibilidad de una quinta dimensión que trasciende el espacio-tiempo. Todo ello acompañado por los soliloquios expositivos de siempre. Algo que Nolan logra excelentemente y resulta un elemento fundamental para el éxito de la película es lidiar con la relatividad del tiempo. “El tiempo es un recurso como cualquier otro,” dice Brand. Hay que racionarlo. Una hora en un planeta equivale a siete años en la Tierra. Las aventuras de la tripulación del Endurance poseen muy poco margen de error. En el espacio, el tiempo se pierde a una velocidad aceleradísima en relación a la Tierra.

Nolan, fanático de los artificios y malabares narrativos, utiliza este desdoblamiento temporal para crear tensión, drama y suspenso a lo largo de una multiplicidad de espacios y líneas temporales. Esto lleva a la mejor secuencia de la película, que toma sitio entre unos seis personajes distribuidos en dos planetas distintos a lo largo de dos líneas temporales, de las cuales una contiene un flashback. Nolan alterna prolijamente con la elegancia de D. W. Griffith; jamás confunde o pierde el ritmo, y siempre consigue exactamente el efecto que está buscando.

Y sin embargo, el tercer acto cae en un sentimentalismo Spielbergiano que defrauda cualquier intento de pretensión científica. “El poder del amor” se convierte en la parte integral de la ecuación que salvará o no a la humanidad. Volver al futuro (Back to the Future, 1985) termina poseyendo un planteo científico más verosímil (a pesar de que la banda sonora nos hable reiteradamente del poder del amor). Y la conclusión es tan débil que resulta decepcionante.

En particular decepciona la forma en que se resuelve la relación entre Coop (Matthew McConaughey) y su hija Murph (Foy de niña, Jessica Chastain de adulta). La película pasa una buena hora ilustrando la íntima relación que Coop tiene con su hija en la Tierra. Los conocemos, los entendemos, los queremos. Ambos personajes proveen el eje dramático de la película y representan la cúspide humana del cine típicamente despersonalizado de Christopher Nolan. Y su resolución es menos que satisfactoria. Parece más una ocurrencia tardía que otra cosa.

A pesar de su ínfula cerebral, y el indiscutible talento de su director a la hora de labrar momentos de “cine puro” de la nada, Interestelar termina siendo un poco decepcionante. No es tan inteligente como pretende ni tan ambiciosa como se cree. Lo que hace es reunir momentos e ideas preciosas: la primera hora que Coop y sus hijos comparten en la moribunda Tierra, los desencuentros que sufren a medida que el tiempo se acelera para unos mientras se congela para otros, la forma en que Nolan monta ambas historias en paralelo… También cabe señalar la hermosa fotografía en 70 mm y los efectos especiales. Quizás gane el Oscar a Mejores Efectos Especiales. Como 2001: Odisea del espacio.

8.0

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