Ezequiel Obregón
11/06/2014 17:05

Ida (2013) aborda las consecuencias del régimen nazi a través de una historia en donde convergen la religión y la identidad. Pawel Pawlikowski ofrece un relato conciso, sobrio, con un notable esmero puesto en lo formal.

Ida

(2013)

Polonia. 1960. En un mismo día, Anna (Agata Trzebuchowska), una joven novicia que está por tomar los votos religiosos, conoce a su tía Wanda (Agata Kulesza), su verdadero nombre y su religión original: la judía. Todo ello de forma sorpresiva, sin previo aviso. La muchacha (Ida, de allí en más) sale por primera vez del convento para conocer a la única familiar que sobrevivió al horror nazi; una mujer liberal que integró los tribunales del pueblo y que alza la voz cuando lo cree necesario; y fuma y bebe con total naturalidad. Es decir; su antítesis perfecta.

Como relato de viaje, el de Ida lo es tanto material como espiritual. Pawlikowski parece inspirarse en el cine de Robert Bresson, comparación que al mismo tiempo nos lleva a la formidable Entre la fe y la pasión (Hadewijch) de Bruno Dumont (por más que el director se niegue a reconocer esa influencia). El parangón está dado por la ausencia sonora y el tono ascético, pausado, alejado de actuaciones sobrecargadas. El nítido blanco y negro no sólo esboza una época, además genera una depuración de la imagen que la acerca al registro documental. El de Ida no es el triunfo de la forma por sobre el contenido; es el de la consumación de uno en el otro. Sírvase como ejemplo la amplia cantidad de planos en donde la cabeza de las dos mujeres está muy por debajo de la mitad del cuadro, generando en el espectador la idea de que el espacio (¿el histórico?) les pesa mucho.

Una vez fuera del convento, tanto Ida como su tía (comprometida políticamente con el régimen comunista) irán a la búsqueda de los cuerpos de los padres y el hermano, quienes se habían refugiado con la protección de un hombre que pudo haberlos traicionado. Ambas mujeres irán conociéndose mutuamente, y al mismo tiempo ampliarán su mirada sobre aquella parte del mundo que desconocían.

La mayor se encuentra aún conmovida por el aquel pasado que la llevó a comprometerse con una causa; la menor, atravesada por las revelaciones, asumirá estoicamente su destino, y se enfrentará a la exposición de los cuerpos que la religión le ha negado. Revelaciones, por otra parte, en donde emergen las contradicciones de toda sociedad sometida a crímenes de lesa humanidad.

Por fortuna, la película nunca se encarga de “explicar” el conflicto interno; más bien de ponerlo en pantalla a través de los comportamientos de los personajes, enrarecidos mediante las tomas picadas y contrapicadas que señalan el momento excepcional en el que viven. Habrá un punto de giro hacia el final que profundizará esta idea, con sus consecuencias en la lectura tanto de Ida como de su tía. Finalmente, ese “momento bisagra” en la vida de Ida promoverá en ella un nuevo descubrimiento: el de su feminidad hasta entonces clausurada. Cuando la veamos soltar su cabello asistiremos a uno de los planos más bellos y más sencillos que el cine más reciente nos ha ofrecido.

8.0

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