Ezequiel Obregón
23/04/2014 23:13

Blancanieves (2012), de Pablo Berger, recontextualiza el célebre relato de los hermanos Grimm en un universo folklórico español y como película muda, en una operación estética similar a la vista en El Artista (The Artist) (Michel Hazanavicius, 2011). El material original se hace más oscuro y conserva, apenas, una pincelada de su halo maravilloso.

Blancanieves

(2011)

Los cuentos infantiles son creaciones que en numerosos casos se difundieron oralmente y circularon de generación en generación, hasta que fueron fijados por escritores profesionales. Su carácter universal y muchas veces ejemplar hizo de ellos un verdadero patrimonio del imaginario infantil, con sus héroes y heroínas, los ribetes del palacio y los bosques encantados, la atmósfera de misterio que lo teñía todo. Pablo Berger, director de Blancanieves, obtuvo numerosos reconocimientos con este film que se presentó en el 2012 en la Competencia Oficial del Festival de San Sebastián e inició allí un recorrido festivalero que lo llevó hacia diversos territorios (pudo verse en el Festival de Cine de Mar del Plata).

Berger trasladó la historia de la niña que ha perdido a su padre y queda al cuidado de una madrastra perversa, obsesionada con la belleza y la juventud, hacia el territorio español y bajo la modalidad de película muda; en blanco y negro, con intertítulos y un nutrido repertorio de temas de flamenco y sevillanas. El combo lo completa la centralidad del toro, que, por su carga simbólica, adquiere un evidente protagonismo semántico.

A priori, este tipo de propuestas “posmodernas”, de reciclaje, homenaje, etc., corre el riesgo de quedarse en el regodeo estético y no ofrecer mucho más que eso. Por suerte, Berger recurre al melodrama como fuerza rectora del destino de su Blancanieves (Macarena García, auténtica revelación), una muchacha sufrida, sí, pero al mismo tiempo valiente, quien le ofrece al relato la pasión que el material literario ya proponía. Como contrafigura perfecta, Maribel Verdú pone toda su expresividad (hay mucho de expresionismo alemán en el film) al servicio de una malvada de antología.

La película tiene un pequeño toque maravilloso hacia final, pero lo que aquí se destaca es el sentimiento hispánico, con la corrida de toros como el parámetro para medir la destreza y hombría del torero (al comienzo, el padre de Blancanieves y, finalmente, ella misma). Esta Blancanieves consigue envolver al espectador en su forma singular, para luego llevarlo por los andariveles del drama puro, aderezado con momentos de bienvenida comicidad en donde, claro, los siete enanos logran destacarse.

8.0

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