Benjamín Harguindey
11/04/2014 22:36

Necrofobia (2014) pertenece a una estirpe de horror muerta: el giallo italiano (“amarillento”, en el sentido berreta y morboso de la palabra), pero trata el género como si fuera lo más natural del mundo. Muchos son los que lo imitan a modo de chiste o guiño, pero Daniel de la Vega – director, escritor y camarógrafo – lo encarna con absoluta seriedad. No hay pretensión en su película. Cada momento está dictado con seguridad y genuinidad.

Necrofobia

(2014)

La película no posee una historia según la definición clásica de la palabra. Los hechos se suceden, pero no hay transformación. Las escenas se encadenan como en un ensueño, confuso y opresivo, tan solo guiadas por la desesperación de concluirlo. La fantasmagórica Vampyr (1932) es un buen referente onírico. En ningún momento dudamos que el elemento extraño posee una explicación racional arraigada en el inconsciente del protagonista – el verdadero problema es que somos tan prisioneros de ella como él.

El protagonista es Dante Samot, interpretado por Luis Machín, uno de los grandes rostros anónimos del cine argentino. Tiene un parecido increíble con Joe Pantoliano, físicamente y en calidad de actor de reparto. Como Pantoliano, Machín también se especializa en personajes impotentes y despectivos de sí mismos. Su personaje no posee mucha profundidad, pero es la decisión de casting perfecta para interpretar a un infeliz en penitencia perpetua. Sus hombros cargan la película entera.

El film comienza en una siniestra sastrería, un enorme salón enfilado a ambos costados por maniquíes momificados con embalaje. En el fondo cruje un incinerador; en el centro se erige un maniquí vestido de negro, vigilante. Nuestro protagonista, un sastre con una portentosa colección de tijeras, hila y corta un traje. En la escena siguiente, yace muerto en un ataúd, vistiendo ese mismo traje. Excepto que no es él. Se trata de su hermano gemelo Tomás. Además de Dante, otros personajes en el funeral son su mujer Beatriz y su psiquiatra Virgilio. Sutil.

El funeral concluye, y Dante queda encerrado en la cripta de su hermano. Desesperado, rompe el vidrio de la puerta y huye por el cementerio, su mano lastimada. Curiosamente descubre un rastro de sangre, y decide seguirlo… yendo a parar a la cripta de la cual acaba de salir. Desespera, huye en círculos a través de la necrópolis. Siempre termina en la cripta. Luego cae en una tumba y comienza a ser enterrado vivo. Corte al título: "Necrofobia".

De ahí en más la película se construye entorno a un confuso esquema de causa y consecuencia en el que Dante recibe llamadas de sí mismo, está en varios lugares a la misma vez y todo lo que hace o dice le lleva a revivir escenas que ya han pasado y pasarán de vuelta. La trama se desarrolla con una agobiante circularidad borgiana, la fragilidad mental de un “héroe” de Poe y el sanguinario morbo de Darío Argento o Mario Bava (quienes reciben sendos agradecimientos en los créditos) por las puñaladas y las amputaciones. Lo único que se extraña del film es un poco de humor consigo mismo, cosa que va tan naturalmente con Borges, Poe o Argento como lo macabro. Necrofobia a veces es una película tan infeliz como su protagonista.

La fotografía y la dirección artística son preciosas, y los encuadres reciben un meticuloso cuidado que remite al cine mudo. El 3D no presenta mucha novedad, es el tipo de gancho sensacional que William Castle hubiera utilizado en sus películas de monstruos antropomórficos para llenar las salas. A eso apunta el film de Daniel de la Vega, a la jovial fascinación por lo grotesco y lo extraordinario.

8.0

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