Ezequiel Obregón
01/04/2014 22:40

Transposición de la novela homónima de Claudia Piñeiro, Betibú (2014) es un policial que sigue los pasos de Nurit Iscar, quien junto a dos periodistas indagan en la misteriosa muerte de un poderoso empresario. La película alcanza una alta dosis de intriga, pero hacia la parte final se desmerece un tanto el resultado.

Betibú

(2013)

Los tiempos más productivos en términos literarios quedaron atrás en la vida de Nurit Iscar (Mercedes Morán). Reconocida novelista de policiales, su única novela romántica fue un fracaso y, desde entonces, quedó fuera del mercado editorial. Relegada al ostracismo artístico, vive del no tan apreciado oficio de “escritora fantasma”. Hasta que un día, el asesinato de un empresario sospechado de haber matado a su esposa la pone en el lugar menos esperado. Tentada por el director del diario El tribuno (su ex amante), Nurit se instala en el country en donde se cometió el crimen para escribir una columna sobre el caso. Junto a Jaime Brena (Daniel Fanego), viejo periodista de la sección policial, y el más novato Mariano Saravia (Alberto Ammann), harán algo más que recopilar información: se transformarán en protagonistas indispensables para resolver el caso.

Miguel Cohan (director de Sin retorno, 2010), traspuso junto a Ana Cohan la novela de Claudia Piñeiro, en donde conviven la trama policial, la mirada femenina, y una interesante reflexión sobre los mecanismos de poder vinculados a la corrupción en las altas esferas. La película sigue bastante al pie de la letra los acontecimientos que la novelista entrega pero, paradójicamente, comprime dos núcleos (que, claro está, no develaremos) de forma un tanto antojadiza. O, al menos, endeble en cuanto al desarrollo dramático. La película sí consigue instaurar una química entre los tres personajes principales, que no sólo responde a los ribetes policiales, sino a la encarnadura humana con la que Piñeiro los construyó. Y eso los convierte en seres complejos y empáticos con el lector, cualidad que se mantiene en la pantalla grande. El trío protagónico está muy bien encargado por los actores.

Jaime Brena carga con el pesar de haber perdido un puesto que le pertenece a Saravia, más por un capricho de su editor que por una consecuencia lógica. Al muchacho le cuesta “encajar” con la sección que tiene a su cargo y, con desconfianza, acude paulatinamente a los saberes de Brena, transformándose poco a poco en su discípulo. El caso del empresario asesinado los pondrá de frente a un horror que va de lo íntimo a lo público y que testimonia las grietas de una sociedad corrupta.

Betibú mantiene la marca de su productora, Haddock films; a tono con sus antecesoras, la película de Miguel Cohan ostenta un cuidado diseño de producción. Resulta poco convincente la elección de casting de los personajes secundarios, que parece responder a criterios más comerciales que artísticos, dado que evidencia el loable esfuerzo de ubicar nombres de peso (Carola Reyna, Gerardo Romano) pero en personajes más bien laterales.

En cuanto a la trama, el film cumple con una primera parte en la que la acumulación de datos genera no sólo las herramientas para dar con el responsable del crimen, sino que auspicia el clima ominoso (familiar, pero también político) que se siembra en torno a la primera muerte. Porque, claro, la del empresario es el puntapié de una cadena de hechos para nada fortuitos que en la prosa literaria quedaban mejor concatenados. El desenlace del film deja algunos datos librados a la imaginación de Nurit. Datos que en la fuente literaria quedaban más y mejor expuestos y resultaban, en consecuencia, mucho más verosímiles.

La recreación del mundo periodístico es un punto a favor del film; nodal en el desarrollo del relato, la discusión entre las formas de organizar el caos informativo y el rol del periodista en el mundo real (más allá de lo teórico) establecen una red conceptual en donde el caso investigado sirve para exponer algunos desajustes entre la justicia y el saber popular, la corrupción y su vínculo con los medios de comunicación; una pátina de realismo rioplantese, diríamos. 

7.0

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