Alejandro Turdó
31/03/2014 13:47

Dentro del cine de terror, el subgénero Slasher debe ser uno de los más atados a sus propios clichés: nunca vayas a investigar algo solo, no te emborraches, no abuses de sustancias ilegales, no sufras un exceso de hybris, ni preguntes en voz alta "¿Quién anda ahí?" en una habitación oscura porque son todos el equivalente a sacar un boleto de ida a la morgue más cercana... ¿Pero qué pasa cuando el cliché se invierte?

Nadie vive

(2012)

En Nadie vive (No One Lives, 2013) -presentada en el Festival Internacional de Toronto en 2012 y sin distribución masiva hasta el día de hoy- el director Ryuhei Kitamura se anima y juega a ver que pasa cuando se tuercen un poco las reglas. El típico muchacho fachero y la típica muchacha bonita son victimas del típico grupo de mal vivientes de ese territorio que se suele llamar comúnmente "la América profunda", llena de los campesinos poco amistosos y los restaurantes al paso, los cuales si nos guiásemos por el universo de la ficción parecen existir uno al lado del otro en las rutas de los Estados Unidos.

Pero los captores se llevan una sorpresa poco grata cuando los papeles se cambian y el capturado inicia una suerte de cacería contra dichos captores, develando que el hombre en cuestión esconde algún que otro secreto sobre su verdadera naturaleza siniestra.

Al igual que en su anterior y único film hecho en occidente -El tren de medianoche (The Midnight Meat Train, 2008)- el japonés Kitamura no repara en gastos al momento de mostrar con el mayor detalle posible toda cuchillada, laceración, decapitación y/o disparo efectuado contra la desafortunada víctima de turno, dejando que el rojo y el negro se apoderen por completo de la paleta de colores. Luke Evans (El Hobbit: La desolación de Smaug, 2013; Rápido y Furioso 6, 2013) se luce como el bueno/malo de la película, y sale airoso al momento de proveer una cara reconocible y algo de profundidad al personaje que debe interpretar; cuestión que es bienvenida, porque es justamente ahí donde el genero suele caer siempre en lo obvio, entregándonos un sujeto impávido, un ser implacable pero sin rostro.

Al mismo tiempo, es necesario reconocer que el tercer acto se apoya bastante en las convenciones -por más que guarde alguna que otra sorpresa bajo la manga- pero a pesar de ello consigue mantener un cierre con buen nivel de suspenso. Los fanáticos del género se entretendrán viendo un film original que mantiene como base ciertos elementos clásicos de este formato, y los menos iniciados podrán disfrutar también sin tener la sensación de estar viendo el mismo refrito de siempre. Podría decirse que todos ganamos.

7.0

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