Emiliano Basile
08/03/2014 20:06

Cuando uno ve una película norteamericana de mafias, siempre le surge la idea de cómo sería ambientar ese universo de violencia, códios y traiciones en el tercer mundo. La respuesta está en El infierno (2011), película mexicana dirigida por Luis Estrada que viene a cerrar la trilogía no oficial del director sobre sátira política que incluye a La ley de Herodes(1999) y Un mundo maravilloso (2006).

El infierno

(2011)

Benjamin “El benny” García (Damián Alcázar, protagonista de toda la trilogía) va en busca de un destino mejor a los Estados Unidos dejando en su humilde rancho a su madre y hermanito. Tras una elipsis temporal de veinte años, vemos a Benny volver a México esposado y con la orden de no regresar. Es el comienzo de la película, el destino tragicomico del personaje está a la orden del día. Al retornar a su hogar se entera que su hermano menor ha muerto en manos de la mafia del narcotráfico tras meterse en ese ambiente y ser apodado el Diablo. El benny buscara un futuro digno pero su destino trágico lo insertará en el mundo de las pandillas.

El infierno es una gran película porque logra algo fundamental: trabajar desde el clasicismo géneros fundantes como la tragedia, el western y el cine de mafiosos, pero desde una perspectiva absolutamente mexicana. Su película sigue los cánones genéricos del cine mainstream pero siendo un film completamente autóctono. Aparece el inevitable humor negro, la pobreza “color marrón”, la altanería de los “compadres” y la violencia brutal.

El cine de mafiosos al que suscribe El infierno, es el de los carteles del narcotráfico, el del machismo injustificado, el del sueño americano ilusorio, el de la corrupción en todos los ámbitos sociales, el del las instituciones asociadas al poder de la droga, y el de una sociedad donde el único valor que rige es el del dinero. Made in México, made in subdesarrollo.

Por supuesto que para trabajar desde la comedia, el director recurre a ciertos estereotipos –de mafioso, de prostituta, de gobernante, de policía- pero lo hace para desarrollar un discurso critico, irónico y trágico sobre el universo mexicano. Y lo logra con creces, pues es esa descripción tan carnal que produce empatía y hasta identificación con otros países sudamericanos.

8.0

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