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Crítica de "Por un tiempo": paternidad tardía y el peso de lo no resuelto

En su ópera como director, Gustavo Garzón construye un drama contenido sobre la irrupción del pasado en una pareja en plena etapa de estabilidad. "Por un tiempo" observa la paternidad, la convivencia y la responsabilidad desde una narración realista, sin subrayados ni desbordes emocionales.

Crítica de "Por un tiempo": paternidad tardía y el peso de lo no resuelto

Por un tiempo (2013), dirigida por Gustavo Garzón, aborda el ejercicio de la paternidad como experiencia tardía y disruptiva, y se concentra en los estados que ese proceso habilita. La película propone un relato que evita el desborde dramático y se sostiene en una puesta contenida, interesada más en los vínculos que en el golpe emocional. En ese recorrido, el film también reflexiona sobre las responsabilidades no saldadas y sobre cómo una decisión del pasado puede alterar de forma directa el presente.

La historia se organiza alrededor de Leandro (Esteban Lamothe) y Silvina (Ana Katz), una pareja que atraviesa un momento de estabilidad y se prepara para la llegada de su primer hijo luego de varios intentos. La vida que construyeron parece ordenada y previsible hasta que una llamada irrumpe en esa lógica: Leandro debe hacerse cargo de una hija adolescente fruto de una relación anterior. La llegada de la joven (Mora Arenillas), marcada por el silencio y por dificultades en la comunicación, introduce una fisura que obliga a reconfigurar el equilibrio de la pareja.

Uno de los elementos más interesantes del film es la forma en que se presenta a la adolescente. Su aparición, sostenida en gestos mínimos y en una presencia corporal opaca, coquetea por momentos con registros cercanos al cine de género. Sin embargo, la narración se aparta de cualquier deriva de misterio y elige una resolución anclada en la observación cotidiana. La decisión no es menor: la película prioriza el realismo y evita cargar de significados simbólicos o psicológicos aquello que puede ser leído desde la experiencia concreta.

La puesta en escena refuerza esta elección. No hay un punto de vista dominante ni una subjetividad que ordene el relato. La cámara se mantiene casi siempre compartida entre dos o más personajes, como si el espectador ocupara un lugar de observador externo, testigo de los acontecimientos. El relato avanza en un plano descriptivo, aun cuando Leandro funcione como eje narrativo y organizador de la acción.

Sin proponerse como una obra de impacto ni como una revelación dentro del cine argentino, Por un tiempo deja en claro su intención de trabajar la emoción desde la acumulación de situaciones y no desde el énfasis. El esquema de una pareja que ve alterada su convivencia por un problema inesperado podría derivar en reiteración, pero el ingreso de la hija introduce variaciones que evitan el estancamiento. En ese desplazamiento, la película encuentra su zona de interés: no en el conflicto como espectáculo, sino en la convivencia forzada y en los modos posibles de sostener un vínculo cuando el pasado reclama su lugar.

6.0
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